Para el autor de este artículo, la mejor década ha sido la de los años 80. El merengue, nuestra música, tuvo su momento estelar con la proliferación de orquestas, el servicio eléctrico era menos inestable, el terror político había desaparecido y los niveles de violencia y criminalidad se reducían casi a cero.
Hoy las ciudades están llenas de mansiones, torres (¿y cómo se hacen?), las calles repletas de vehículos de lujo, la mayoría de la gente tiene celulares, y un alto porcentaje de la población tiene acceso a modernas tecnologías, pero ¿de qué nos vale, si no hay seguridad ciudadana?
Con un reducido parque vehicular, en los años 80, los miembros de nuestra clase media disponían de modestos vehículos, incluyendo los famosos cepillos, y las viviendas eran sencillas, pero todavía muchos dominicanos exhibían apego a principios ideológicos y éticos, los que parece haber tirado al zafacón.
Es evidente que el crecimiento económico, en las últimas décadas, ha descansado, en cierta medida, en el narcotráfico, flagelo que suele hacerse acompañar del crimen, descompone moralmente a los pueblos, lo que observamos, efectivamente, en la República Dominicana.
Funcionarios del área económica del gobierno hablan de que en este 2010 el crecimiento será mayor que el de 2009, el cual ascendió, según ellos, al 3% del Producto Interno Bruto. En caso de ser cierto, no tiene mayor importancia un crecimiento que no se transfiera en beneficio de la sociedad y que los problemas del país, como es el caso de la inseguridad ciudadana, no muestren perspectivas de solución.
La sociedad se ha transformado y los daños podrían ser irreversibles. El progreso económico es real, pero ¡a qué costo! Sólo queda recordar con nostalgia la tranquilidad que vivimos en la década de los años 80.

