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Claro, en los cuentos cortos de Del Cabral y los minicuentos de Candelaria la aceptación de surrealismo sólo puede permitirse desde contados ejemplos, ya que la propia motorización de éstos hacia la concepción de sus textos, probablemente se estableció partiendo de brotes espontáneos de creatividad.
Pero, ¿responden las aproximaciones de Del Cabral y Candelaria a estos patrones? Sí en algunos relatos de Del Cabral (como en Entonces, ¿para qué?, Eran las moscas y otros), así como en varios de los de Candelaria (El embudo, Ambición, Decisiones, Ser o no ser, y otros).
En estos cuentos, Del Cabral y Candelaria dejan que las emociones y los goces estéticos se subviertan en el automatismo para evadir las represiones, por lo que ambos libros, Cuentos cortos con pantalones largos y Cincuenta cuentos cortísimos y una ñapa, recorren el camino apoyados en hipérboles de muy honda sustanciación crítica, no sólo hacia el proceso histórico, sino, también hacia sus propias crónicas vivenciales.
Desdichadamente, Del Cabral no se percató de la profunda significación del nuevo género que abordaba, posiblemente por no emplear —para sus investigaciones y creaciones— las nuevas herramientas de comunicación brindadas por la Internet, ignorando que la minificción y la nanografía se habían abierto un camino seguro entre las casas editoriales y cobraban un extraordinario avance entre miles de exponentes, y que ya, en 1980 —cuando el poeta contaba con 73 años—, la revista Ekuóreo, de Cali, hacía su ingreso al mundo literario dedicada exclusivamente a la difusión y el fomento del minicuento.
Esto no acaeció con Candelaria que, desde su natal Miches, promueve constantemente informaciones a través del ciberespacio.
Aunque lejos —y cerca, a la vez— del apólogo y de la fábula, los textos que conforman los Cuentos cortos con pantalones largos, de Manuel del Cabral, y los Cincuenta cuentos cortísimos y una ñapa, de Sélvido Candelaria, están enriquecidos por la parábola, ya que, como recurso hiperbólico, guarda una relación de interpretación entre el solipsismo y la intención de la enseñanza.
Mientras más alejado del solipsismo, de esa voz del yo, esté el relato, menos amplia será la curvatura de la parábola y, por lo tanto, más intensa la decodificación.
Este concepto ha posibilitado que en las estrategias de Del Cabral y Candelaria se puedan mezclar sus condiciones demiúrgicas con las relaciones lúdicras y la intención final de las moralejas, permitiéndoles que la brevedad narratológica transporte a los relatos la fuerza de la sorpresa.
En casi todos los cuentos de ambos libros —y sometiéndolos a una crítica hermenéutica— quedan estructuradas, paradigmáticamente, las relaciones entre los niveles y planos, relacionándose verticalmente con la finalidad de lo narrado, que es el fin primordial de toda ficción.
Pero la sola noción de la aproximación comunicante entre narrador, acontecimiento e historia —como acontece en estos minicuentos—, ha permitido que, en el subterfugio de la parábola, se cuezan las decodificaciones como un extraordinario potaje, convirtiendo muchos de los textos en clásicos de innegable valor, no sólo literario, sino social.

