Si algo me resulta llamativo del actual proceso electoral en los Estados Unidos es el apoyo de los venezolanos y cubanos a favor del Presidente Trump.
Podría enfocarme en el claro desdén que su administración tiene por ellos como inmigrantes, pero a estas alturas eso es lo de menos.
En su mayoría refugiados o hijos de refugiados de países que fueron destruidos por líderes “no tradicionales”, que miraban con desprecio las viejas instituciones y la globalización, y que afianzaron su poder demonizando a sus opositores, llegan a Estados Unidos para hoy votar por exactamente el mismo tipo de liderazgo que les hizo huir de sus países de origen.
Latinos al fin, me cuesta mucho culparles por sentirse atraídos a la imagen que proyecta un caudillo, después de todo, es lo que votaban y celebraban en los países de los cuales huyeron. Pero reconozco que me impresiona ver como justifican su voto por el mismo tipo de discurso, la misma estrategia política y el mismo estilo de gobernanza que les llevó a convertirse en refugiados.
Y las diferencias prácticas de políticas de Estado ni siquiera son tan significativas como para justificar la disonancia cognitiva. El proteccionismo como arma económica, las subvenciones dirigidas a su bloque de votantes, el desdén por las instituciones internacionales establecidas desde que terminara la Segunda Guerra Mundial tales como la ONU, la OMS, la OMC, etc., y el abierto menoscabo de las instituciones nacionales por considerarlas contrarias al régimen.
Uno pensaría que las señas claras de corrupción rampante harían sonar sus alarmas de que esta historia es familiar para ellos. El nepotismo ejecutado abiertamente para favorecer a familiares inmediatos, el uso de los recursos del Estado para beneficiar sus propios bolsillos, los acuerdos de aposento para, a través del tráfico de influencias y empleando las instituciones del Estado, beneficiar a sus allegados.
Es fascinante volver a ver a venezolanos y cubanos arremetiendo contra enemigos imaginarios. Pasar de los “imperialistas”, la “prensa yanquista”, los “pitiyanquis” y los “globalistas”, al “deep state”, los “demócratas comunistas”, la “fake news media” y, por supuesto, los mismos “globalistas”.
Y muy especialmente, me impresiona que el culto alrededor de la personalidad del líder no les haga escuchar ese disco rayado. La infalibilidad del líder, el abierto desvío de su responsabilidad en las malas y la exigencia de veneración en las buenas, hasta las caricaturas, fotografías, poses y la propaganda son calcadas del mismo libro que usaron los Chávez y Castro que les hicieron huir.
Diría que es triste si no fuera tan patético. Es lamentable ver que no fue necesario que pasara si quiera una generación para ver a venezolanos y cubanos tropezando con la misma piedra y votando por las mismas cosas que les hicieron huir. Me gustaría creer que son mejores que eso, aún están a tiempo.
Por: Orlando Gómez
orlando.gomez@gmail.com

