Toda máxima, dentro del campo administrativo, expresa de manera lineal que una gerencia se aproxima mucho más al éxito en la medida que el líder gerencial, no político, junto a su equipo técnico, logra comprender y asimilar que los triunfos tácticos o estratégicos se consiguen manteniendo a raya las provocaciones peligrosas y las seducciones malditas, las cuales suelen hacer actos de presencia cuando menos se espera.
Una administración eficaz es aquella en donde el gerente, en su condición de líder, cumple, al igual que sus colaboradores cercanos, con la agenda diseñada a corto, mediano o largo plazo.
El hecho de ser portador provisional de un poder obtenido mediante un decreto presidencial, no le da autoridad a nadie para actuar bajo el criterio falso y dañino de que el poder es para usarlo.
Esa idea fija se ha convertido en perjudicial tentación, agente provocadora por antonomasia, en el inicio del encendido de la chispa corruptiva, de que algunos funcionarios hayan tenido que sentarse en el banquillo de los acusados.
Lo cierto es que todo ejercicio de función pública ha de estar amparado por lo conocido como moralidad pública, que no es otra cosa que la relación permanente que debe existir entre el hombre y la sociedad.
Y cuando ese hombre (funcionario) está directamente conectado con la sociedad a través de una entidad gubernamental (administración pública), su moral pública está, constantemente, siendo observada por la ciudadanía, en aras de que sus actuaciones cotidianas no se enmarquen dentro de un cuadro de comportamiento inadecuado en el ejercicio de sus funciones; como en efecto debe ser.
La moral pública es un asunto público que puede llevar a cualquier funcionario al desconocimiento o alteración del orden público cuando se actúe con perversidad en la administración de los recursos del Estado.
Por último, Esopo fue un fabulista griego que vivió antes de Cristo. Y en una carta que hizo llegar a su hijo adoptivo, le manifestó lo siguiente: Procura la honestidad, sigue los consejos sabios, y deja el resto a Dios. Que eso, precisamente, debería de hacer un buen funcionario para que sus esfuerzos en la permanencia de su gestión, sea ésta larga o corta, obtenga los resultados esperados.
Sólo la moral pública de un funcionario, junto a su capacidad como gestor público, le augura cosechar buenos frutos, propios de las personas funcionales, en medio de esta sociedad compleja y global.

