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La mujer; Un cuento ejemplar

La mujer; Un cuento ejemplar

Contar como rutina decide tramas y tejidos y criaturas rutinarias.

Contar como quien relata un sueño asombroso, erizado de prodigios, es arte de elegidos. 

Como no todos pueden ascender a esa segunda posibilidad, la obra maestra en que puede constituirse el cuento ha pasado a ser obviamente el hábito de gente fuera del común denominador. 

Esto último no es, sin embargo, lo más urgente a considerar.

Nadie trabaja para la obra genial que es en sus inicios completamente ciega y deforme.

Esta, la obra de dimensiones eternas, se da obedeciendo a presupuestos que controla el misterio.

El creador baña a su pequeño y metafísico Adán, le quita el lodo, le da sus golpes maestros y le hace respirar y andar.

Ya se verá que pasa en lo adelante con sus pecados, sus remordimientos y sus descubrimientos.

Lo mejor no es espontáneo aunque lo aparente.

Hay jardines que no dan una flor.

Otros resultan desaforados y poblados de espinas dulces y dolorosas.

El cosmos trabaja constantemente y el producto de su labor es la luz, la materia y hasta las dudas que tenemos de él en razón de haber cometido el gran acierto o el error de elaborar conciencia, religión y gimnasios para adelgazar o engordar.

También tenemos derecho a las mismas dudas de quienes lo proponen nacido desde una orden cifrada en unos cuantos días o desde el  mito, el sueño o los galimatías que intentan dividirlo absurdamente en  un antes y un después con un árbol exquisito en medio del camino, una serpiente que hablaba y luego enmudeció tras lograr sus objetivos, y unos milagros posteriores que terminaron por secarse desde la fuente primordial, y unos seres que duraban mil años y una criatura desde la que nació una mujer en vez de lo opuesto, que se vio después.

Lo misterioso fascina por su capacidad para sorprender y para encantar.

Ya  se sabe que la creación siempre será más importante desde todo punto de vista que cualquier monje hundido en una cueva o el hombre moderno que la haya engendrado en una memoria bien dispuesta y en una argumentación mejor diseñada y bien asistida.

En los inicios de este género único se contaba en grupos y veladas casi infinitas que se alternaban y aportaban variedad y diversidad a las historias reveladas.

El resultado podía ser tan prodigioso como el de las Mil y una Noches,  Los Nibelungos, las sagas escandinavas, las inspiradas narraciones de la India, de China y el Japón, Roma, el Boom latinoamericano de los años sesenta y de la Grecia inolvidable.

Tan escasamente importante era la autoría con sus nombres y las famas modernas que ahora  concurren a disponer de ellas que todavía a más 3 mil años de historia por delante se debate la existencia de Homero e incluso dónde pudo haber nacido si en siete ciudades que se la disputaron o en la inocencia de toda criatura que no sabe de nada.

Los pueblos lo tienen todo desde la riqueza intangible, hasta el dolor  insuperable, desde lo primordial hasta la pesadilla.

No es que el género se haya tornado  más exigente de pronto puesto que hay grandes historias colectivas que permanecerán por siglos salvadas del fuego y del olvido, sino que se hizo más elitista hasta llegar a autorías personales, a narradores solitarios que sintetizaban el esfuerzo narrativo de pueblos, aldeas, ciudades, civilizaciones enteras.

Se bifurcó finalmente en novela, se destejió en ensayo y se hizo síntesis en los relatos cortos de inspiración intimista.

Cambió la manera de narrar más no la naturaleza del género.

Cambió porque no hay nada que pueda evadirse a las leyes del cambio

Este tipo de narradores llega a sentirse capaz de entrar en un trance, en un éxtasis y una perplejidad que arriba felizmente a la gran obra propia de un hombre no ya de una región o de una legión anónima de relatores.

Antes no fueron diferentes las cosas, envueltas en la magia de la cueva o de la carpa en el desierto sino que los relatores sagrados recibían nombres tan exóticos como el de chamanes o brujos de la corte o incluso de respetables adivinadores, profetas, magos, desertores del mundo de loa habitual y de lo corriente.

Un relato promedio suele contener una suerte de guión con un drama único que se decide por un final limitado a la efusión espuria y triste, en el caso de las simples historias,  o al que ha sido llamado compromiso social.

No hay, por cierto, una obra que no contenga ese efecto colectivo.

Ahora hay de todo pero la clasicidad, la maestría y la belleza del arte siempre terminarán ganando la batalla a la siempre denodada vulgaridad y a la simplicidad. 

La razón esencial es que las obras maestras le ganan la partida al tiempo, al concepto dudoso de las generaciones y a la mala literatura.

Hay, sin embargo, que celebrar y estimular ese otro compromiso que se denomina el experimento.

Es desde ese lucero desde donde suelen verse mejor el mundo y el universo.

Experimentar es el trabajo de los alquimistas que han descubierto el cambio de los metales de lo basto a lo precioso por el fuego prodigio y la tenacidad del fuego que hay en el verbo no por la falsía de una magia de circo que no puede probar nada.

Todo autor responsable y de una imaginación probada y consagrada, en la medida en que intenta quebrar rutinas y arraigos que arriesgan la putrefacción,   es un sorprendente experimentador.

Hay pocos cuentos en el mundo con una fuerza interior y una belleza capaz de desafiarnos hasta impactar nuestros sentimientos y crear efectos de emulación.

En La Mujer, de la autoría de Juan Bosch, hay además de esos hallazgos, buena poesía y una elevada dosis de sentimiento social. 

La cuenstística latinoamericana ganó una buena batalla con el aporte que le otorga La Mujer.

Ese ser que regenera la especie es central en el cuento porque también lo es en la realidad real.

Este es otro acierto a tomar en cuenta.

No es menos relato de elevadas posibilidades narrativas que La Familia de Pascual Duarte, y no contiene menos efectos trágicos, cada uno con su identidad muy bien definida y única.

En la Mujer, sin embargo, uno comienza una lectura como si fuese a leer una poesía, que la hay, y de pronto va sumergiéndose en las aguas de un mar conflictivo, que recrea los tormentos de una relación compleja, en cierto modo.

La fuerza radiante de una historia bien contada se halla expresada en la posibilidad de que el lector se sienta atraído por sus imágenes frescas, novedosas y que parezcan el producto de un descubrimiento.

Juan Bosch vivió esa experiencia personal en la Línea Noroeste, a donde lo llevaba su padre, comerciante de productos menores, donde las puestas de sol sobre la aridez semidesértica, sobre los cactus y sobre las guazábaras, no tienen comparación con otros lugares.

El vio la carretera, que entonces era más camino que la vía de unas carretas entristecidas, vio el sol morirse sobre ella, vio torbellinos resecos, vio con claridad el argumento fundamental de un cuento inolvidable del que desconocería su destino.

En los mismos inicios de esta historia uno descubre una de las preocupaciones más recurrentes del ser humano:

la muerte, expresada en una carretera cuya vida no existe salvo la que le crea una metáfora de escritor o la que cruza por encima de su superficie en una mula, un conductor o un ave que se posa a recoger con alguna violencia sublime alguna mariposa.

El Nacional

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