Opinión

La nacionalidad

La nacionalidad

Orlando Gomez

Las celebraciones del Día de la Independencia tienden a traer con ellas el llamado al orgullo de ser dominicano. Rara vez nos detenemos a evaluar si, en efecto, podemos sentirnos orgullosos de la nacionalidad que nos dio la lotería geográfica del embarazo. Si bien, a primera vista, no luce que existan razones objetivas para los dominicanos sentirse orgullosos de su nacionalidad, debo reconocer que contrario a otros tiempos, al menos hay esperanzas de ello en el futuro.

Seguimos siendo un país del tercer mundo. Los servicios públicos básicos en su mayoría siguen siendo deficientes, la mayor parte de la población sigue viviendo en la pobreza y en el desempleo, la economía sigue siendo altamente informal y gran parte de la economía que sí es formal está controlada por monopolios o carteles.

La educación ha recibido cerca de un billón (un millón de millones) de pesos desde el 2012, pero somos una vergüenza internacional en cuanto a la calidad de la misma y los resultados que obtenemos de ella. La educación universitaria, tanto pública como privada, sigue siendo mala e inadecuada con poca preparación no sólo para lo que el país necesita hoy, sino para lo que va a necesitar mañana.

Perpetuamente figuramos en el fondo de la tabla en las mediciones sobre cosas buenas (clima de negocios, libertades, etc.) y solemos encabezar las que versan sobre cosas malas (corrupción, mortalidad infantil, mortalidad materna, etc.). Mantenemos membresías en clubes exclusivos cuestionables como los países que prohíben el aborto en todas las circunstancias, o los que aún no reconocen el matrimonio igualitario.
En la medida que la “percepción” de la delincuencia va en aumento, la confianza en la justicia y todos sus actores sigue disminuyendo. Las desacreditadas iglesias son las instituciones que gozan de mayor confianza, porque la alternativa, la credibilidad en las instituciones del Estado, es totalmente nula.

Para sumar a todo lo anterior, vivimos como el hazmerreír internacional no solo por nuestras cuestionables relaciones con gobiernos como el de Maduro en Venezuela, sino por los errores no forzados que constantemente cometemos con nuestras políticas migratorias y muy en especial en el trato que damos a todo lo que nos huela a haitianos.

Este 27 de febrero del 2018 tengo muy poco de lo cual sentirme orgulloso por ser dominicano. Si somos honestos con nosotros mismos entenderíamos que vivimos en un país de mierda. No obstante ello, hemos logrado ciertos avances que son innegables, como la estabilidad de nuestra economía y de nuestro sistema político, la relativa confianza en el sistema electoral, y nuestra capacidad para asumir pacíficamente las transiciones del poder.

Hoy digo que no estoy muy orgulloso de ser dominicano, pero sí siento que podemos ver una luz al final de este largo túnel, ya solo quedará ver si optamos avanzar, quedarnos sentados o lanzarnos por el despeñadero. Vivimos tiempos interesantes, y por eso reservaré mis esperanzas para los próximos 27 de febrero.

El Nacional

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