Opinión

La novela negra

La novela negra

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Desde luego, para arribar a este prototipo de investigador, la novela policial tuvo que emerger desde un Edgard Allan Poe, que publicó en 1841 Los crímenes de la Rue Morgue (The Murders in the Rue Morgue), un relato que se desarrolla en París, en donde el escritor norteamericano crea al detective Chevalier Auguste Dupin, primer investigador privado de la literatura mundial. Dupin también aparece en los otros dos relatos que Poe organizó a través de la pesquisa policial: El misterio de Marie Rogêt, de 1842, y La carta robada, de 1844, que sirvió de prototipo a Arthur Conan Doyle para crear a Sherlock Holmes (1887).

La influencia de la novela policial inundó rápidamente a Europa y América Latina, creando a finales del Siglo XIX dos escuelas: la inglesa y la francesa, surgiendo del Reino Unido Conan Doyle, G. K. Chesterton y Agatha Christie como cabezas visibles; y de la francesa Emile Gaborieau, Maurice Leblanc, Gaston Leroux y George Simenon, y en el resto del mundo docenas de escritores dedicados al subgénero, destacándose los argentinos Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh y Mempo Giardinelli; el suizo Friedrich Dürrenmatt, el nicaragüense Arquímedes González, que revivió a Sherlock Holmes en una supuesta búsqueda de Jack El Destripador en Nicaragua, en su novela La muerte de Acuario; el escocés Philip Kerr, autor de la serie Berlin Noir; el italiano Andrea Camilleri, creador del Inspector Montalbano, en homenaje al escritor español Manuel Vázquez Montalbán, inventor del detective Pepe Carvalho; el puertorriqueño Luis López Nieves, que combina en El corazón de Voltaire los fundamentos de la novela negra y la histórica a través de correos electrónicos; así como otros cientos de escritores.

Aunque muchos de los novelistas dominicanos huyen a priori de la escritura policial (a excepción de Roberto Marcallé, que ha escrito novelas insertas en el subgénero negro y el periodista Néstor Medrano, que se estrenó con una), en el fondo se agita siempre esa estructura porque nuestra historia —que es la historia de la vida dominicana y, por lo tanto, el anillo nutricional de todas nuestras narraciones épicas y líricas— se mueve siempre desde el lodo de una intriga, tal como ha sido la historia del país.

De ahí, a que será muy difícil, pero no imposible, sacudir de nuestra narratología el espectro de Trujillo, porque ese fantasma arrojó sobre el alma nacional no sólo treinta y un años de amarguras, sangre y frustraciones, sino una conciencia y un estilo de vida que ha continuado a través de Balaguer y los demás gobernantes, sean éstos de izquierda o derecha, y en la narratología negra se sigue un patrón conductual similar, porque es desde el poder-saber que se organiza la trama en ese subgénero, algo que Keith Hoskin, en Foucault a examen (2001), explica al dedillo. Dice Hoskin: “Para Foucault la clave del poder-saber puede ser descubierta por cualquier comentarista-detective, tras examinar el corpus delicti y escoger un extracto plausible para construir con él un caso”.

El Nacional

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