Es comprensible la molestia en todo el país respecto del alza de los combustibles. El aumento de los combustibles impacta directamente en el poder adquisitivo de las personas, por lo general es inescapable ya que la mayoría depende de estos para movilizarse en su día a día y el control de precios sobre estos por parte del Estado es un caldo de cultivo para especulaciones. Pero la realidad es que no hay vara mágica ni protesta que valga para cambiar la situación; el alza de los combustibles es una ola que debemos aprender a navegar.
Siendo cruelmente honestos, el país debe aceptar que no existe absolutamente nada que el gobierno pueda hacer para mitigar el impacto del aumento del precio de los combustibles. El país no produce petróleo, y la poca gasolina que refina no es ni remotamente suficiente para satisfacer la demanda nacional, por lo que la República Dominicana está a la merced del mercado internacional.
La modificación a la Ley de Hidrocarburos haría más transparente el cálculo del precio de la gasolina (correctamente referenciándolo al precio de la gasolina refinada y no al crudo de Texas), pero no reduciría el precio. La reducción de los impuestos sobre los hidrocarburos simplemente no es factible, considerando que estos representan más de $60 mil millones de pesos al año o casi el 10% de las recaudaciones del Estado, su eliminación necesariamente tendría que ser compensada con un impuesto nuevo, o el aumento en la tasa de un impuesto existente (probablemente el ITBIS). Más aún, sugerir que el Estado simplemente absorba los aumentos y en efecto subsidie a toda la población, es rogar que se produzca una presión sobre la tasa de cambio que dispare el precio del dólar.
Puesto de manera sencilla, no hay absolutamente nada que el Gobierno pueda hacer para evitar el aumento de los precios de los combustibles.
El Estado podría tomar algunas medidas que podrían mitigar su impacto, como implementar una reforma drástica en el transporte público y ejecutar un gasto, con dinero que no tiene, en infraestructura para sostenerle, así como abrir las compuertas a la generación de energía no dependiente de derivados del petróleo; pero esas medidas no tendrían ningún efecto sobre las personas que actualmente necesitan la gasolina para transportarse.
La República Dominicana no va a persuadir al presidente Donald Trump de que levante las sanciones sobre Irán, ni va a convencer a la OPEP de que aumente sus metas de producción de petróleo, siendo esos dos los principales factores incidiendo sobre el precio hoy en día. Los dominicanos debemos estarnos preparando para enfrentar un barril de petróleo a $100 dólares (hoy en día está en $82), y debemos aceptar que la única forma realista de defensa frente a esto va a ser reduciendo nuestro consumo personal de gasolina.
A veces, la verdad suele ser una pastilla bien difícil de tragar, pero ni una queja diaria, ni un millón de protestas y ni siquiera los rezos a la virgen van a cambiarla. Podemos responsabilizar al Gobierno y al Estado de generar las alternativas que permitan un uso más eficiente de la energía como nación, pero para ser un dos tercios de isla en el medio del Caribe, debemos aceptar que protestar por el precio de los combustibles es lo mismo que gritarle a las nubes.

