Desconozco si realmente fue del litoral del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) que se echó maliciosamente a correr el asunto de la reelección presidencial. Pero, de resultar correcta la versión, en lugar de atrapar, han quedado atrapados. Efectivamente, quizás sin proponérselo, ante sus ojos, han destapado una caja de Pandora.
Y ante la vorágine, la realidad es que el tema está hoy sobre el tapete.
Una pregunta se hace obligatoria: ¿Podrá repostularse para el año 2012 el líder más carismático y el de innegable proyección de imagen positiva hacía el exterior que actualmente tenemos los dominicanos?
Lo cierto es que el PRD ha provocado una discusión de consecuencias impredecibles, la cual podría terminar favoreciendo al primer mandatario y alejando mucho más del camino bueno a los hombres y las mujeres de la organización blanca. No se trata de arremeter contra los que propagan una posible repostulación, ya que el derecho a la opinión lo consagra la Constitución.
Sabido es que, por encima de los que pudiesen estar a favor y los que pudiesen estar en contra, se encuentra la democracia, y dentro de ella están los votantes y demás segmentos que componen la sociedad dominicana.
Ellos, y sólo ellos, tienen la última palabra.
Si bien es verdad que siempre ha existido el debate enriquecedor de las ideas, teniendo como protagonistas a los grandes tratadistas del tema; no menos cierto es que todo instrumento legal deja una ventana abierta para la discusión e interpretación del texto en sí mismo. Al fin y al cabo, la decisión final la aportará el pueblo dominicano. Él, y sólo él, con su voto libérrimo y democrático decidirá quien se queda y quien se va.
Recordemos las pretensiones fallidas de Hipólito Mejía que, por cierto, en nada se parece a Leonel Fernández. Cuando el pueblo dice no más, significa que ya está bueno; pero si su opinión mayoritaria es contraria, entonces hay que aceptar la voluntad manifestada dentro de un régimen democrático.

