Llegar a viejo es una dicha, y mucho más cuando se sobrepasa los ochenta años. Lo supongo como una felicidad, plenitud, vivencias y la capacidad de reproducir entre amigos, familiares y allegados las memorias, los episodios acumulados a lo largo de tantos años y mirar al presente una fuerte carga del pasado.
Igualmente es una angustia. Cosa que también estoy suponiendo, por cuanto a una edad tan avanzada nos acostamos creyéndonos que mañana jamás abriremos los ojos. Se de algunos ancianos, palabra a la que la mayoría le tenemos miedo a usar, que se acuestan pensando siempre en una tarea pendiente, en un algo que quieren hacer cuando amanezca, y lo cual le permitiría mantener la mente en la vida.
La calidad de vida de los mayores exige pensar más allá que el dinero
Los ancianos o viejos, y hablo de aquellos con setenta años y más, requieren de una atención médica más especializada, de mayor cuidado, razón por lo cual surge la geriatría. Pero aún la especialidad ya creada en las universidades para la atención a los ochentones, es necesario la conciencia y sensibilidad del profesional para su visión por la defensa de la vida y de la calidad de vida de su paciente.
De que vamos a morir, moriremos. Pero la calidad de vida de nuestros viejos, garantizada a través de la atención médica, entre otros factores, exige pensar más allá del dinero y más allá de las horas extras registradas por los años que lleva viviendo.
Sé, y conmigo probablemente otras tantas personas, que si no exigimos para nuestros viejos, son y serán siempre desatendidos.
Un médico me dijo a mí: no te preocupes, todos moriremos, a todos nos llega el turno. Seguiré con el tema, pero desde la perspectiva de la calidad médica.

