“Ningún pueblo ser libre merece
Si es esclavo indolente y servil;
Si en su pecho la llama no crece
Que templó el heroísmo viril”
Las tradiciones arraigadas, como la de la felicitación por la llegada de un año nuevo, encuentran siempre nuevos motivos, y aunque su efusividad ha tenido cierta merma, sigue siendo una tradición importante, pues todos los días no nace un nuevo año, además, en los seres humanos está anclada la esperanza de cambios positivos, de superar lo que fue deficiente, incómodo, o doloroso. Y en esa autocrítica espontánea, encontrar en el nuevo periodo, un impulso, un punto de partida para el relanzamiento.
Respetando la tradición, al margen de la llegada de un nuevo año, lo correcto es revisar nuestras prácticas personales y sociales, procurando dar los pasos para adelantar lo que haya quedado rezagado. La no superación de los males que se arrastran, nos coloca en una posición parecida a quien le gusta sufrir, o a quien al dejarse vencer por el miedo y la indiferencia, se da por vencida, lo da todo por perdido, y cree que es mejor convivir con el mal, y que el destino decida. Cualquiera de estas condiciones, o todas ellas a la vez, son un freno en el avance, y hay que buscar el modo de afrontarlo en el recién llegado 2018.
Traigo en el ahora, esas reflexiones precedentes, porque es necesario que veamos muy de frente un problema fundamental que el país debe superar. Es el caso del peligro que asecha a la Soberanía Nacional, el valor más elevado de la nación, pero bajo amenaza por la excesiva y abrupta migración haitiana en nuestro territorio, una acción que sigue siendo responsabilidad de los diferentes gobiernos dominicanos, quienes de espalda al pueblo, años tras años se han encargado de atraer y de alimentar esa migración, por eso, la superación en el 2017 solo ha sido para los haitianos.
