El sello de la ultraderecha está impregnado en el poder estadounidense y en el orden hegemónico como conjunto. No sorprende, por tanto, que, en las elecciones del pasado martes, ese sector haya entregado al ala más conservadora del Partido Republicano el control de la Cámara de Representantes.
La reforma sanitaria, la promesa (no cumplida) de cerrar la infame cárcel de Guantánamo, y los pasos hacia la recomposición del sistema impositivo, no desmienten el hecho de que Barack Obama está comprometido con aspectos esenciales del proyecto de la ultraderecha.
En el proceso de afianzamiento de la hegemonía estadounidense, Obama da continuidad a la guerra, valida la injerencia en América Latina y en otras zonas, y ha mantenido el bloqueo contra Cuba a pesar de 19 resoluciones de condena aprobadas por la Organización de las Naciones Unidas.
La presencia de Obama en la Casa Blanca no representa, pues, obstáculo alguno para que los grupos más retrógrados continúen realizando sus tropelías.
Obama dispuso que no fueran perseguidos o denunciados los halcones que autorizaron torturas y vejaciones, encubrió a los autores del golpe de Estado en Honduras y dio apariencia legal a la acción, y no hay que olvidar que ha enviado a Afganistán decenas de miles de soldados.
¿Aportó más, entonces, a la reciente victoria republicana el adefesio llamado Tea Party que el propio Obama?
Como elemento de propaganda, los ideólogos republicanos usaron la crisis que afecta a las capas medias y bajas de la población. La eliminación del límite de la financiación privada en la campaña, les permitió obtener recursos cuantiosos de grandes compañías (el gasto en la campaña superó los cuatro mil millones de dólares) sin necesidad de rendir cuentas al Estado.
Impunidad, dividendos de guerra, y enorme propaganda fundamentalista, dieron paso a la victoria electoral… Y la victoria facilitará tropelías en serie que Obama legalizará… Está comprometido… ¿O no?

