La campaña electoral ha resultado como anillo al dedo para copiar un fragmento de La civilización del espectáculo, el formidable ensayo del Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa: En la civilización del espectáculo la política ha experimentado una banalización acaso tan pronunciada como la literatura, el cine y las artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus eslóganes, lugares comunes, frivolidades, modas y tics, ocupan casi enteramente el quehacer antes dedicado a razones, programas, ideas y doctrinas. El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma, que importan más que sus valores, convicciones y principios. Hace tiempo que el dominicano sabe, y lo sabe muy bien, que en el ejercicio político la hipocresía, con su atuendo de poses y simulación para cada ocasión, ha relegado la autenticidad y la sinceridad a un lejano segundo plano. Es posible que sea una norma universal, pero al menos por aquí lo que se ha visto es que la verdad está condicionada a las ambiciones de poder. Para Vargas Llosa, tan engañoso se ha tornada la lucha política que cuidar de las arrugas, la calvicie, las canas, el tamaño de la nariz y el brillo de la detandura, así como del atuendo, vale tanto, y a veces más, que explicar lo que el político se propone hacer o deshacer a la hora de gobernar. Esa visión es de las sociedades desarrolladas, porque en países como éste, aunque se conjugan esos ingredientes, el quehacer es dominado por características más abominables. Bien podría definirse por aquí como el arte de la simulación y el engaño, aunque en ocasiones bastante burdo. Se condena la dictadura, pero desde la muerte de Trujillo no se han respetado la transparencia ni las reglas del juego del sistema democrático. El ensayo retrata con todos sus matices y una buena dosis de ironía vidas como la que vivimos.

