El homicidio cometido la semana pasado en un condominio del Distrito Nacional, por un ciudadano contra otro, originado en una discusión por un parqueo, sorprendió al entorno de uno y otro protagonista, y mostró a un homicida lloroso que insiste en decir que no sabe como esto sucedió.
Las cifras dominicanas atestiguan y validan que las violencias sociales tienen rostro masculino, un dato avalado por el Ministerio de Interior y Policía, cuando en septiembre de 2008, dio a conocer cifras de una investigación realizada por esa institución que señalaba el 92.6% de los ejecutores de homicidios violentos son masculinos.
Los hombres, más que las mujeres, se suelen mantener en un riesgo de vida constante a partir de prácticas autodestructivas para su propia salud, y como ejemplo en nuestro país, de acuerdo al reconocido Psiquiatra César Mella, son mucho más propensos al suicidio, encabezando la lista, con el 87% de los casos ocurridos en los últimos años.
Las violencias que terminan con la vida de la mayoría de las mujeres, son masculinas y la mayoría ejecutadas contra parejas, hechos en los que hay que resaltar también el suicidio de un buen porcentaje de feminicidas que, una vez consumado el crimen, deciden su propia muerte.
Las cifras nacionales indican que la masculinidad, cuanto más adherida es a los patrones tradicionales del patriarcado, se mueve en una lógica depredadora y extendida afectando especialmente a las mujeres y a las niñas, pero también, señala la jerarquización negativa de algunos hombres sobre otros hombres.
La experiencia individual de un masculino violento se liga además, a la percepción de que el hombre, por el solo hecho de serlo, tiene derecho a un estatus de privilegio permanente frente a las mujeres, reclamando la servidumbre de manera consciente o inconsciente, para todos los fines y sobre todas las mujeres y frente a otros hombres, midiendo fuerzas.
Al margen de la complejidad de las causas de las violencias masculinas, el permiso en nuestras costumbres, normaliza el carácter violento de la masculinidad, todo agravado por la resistencia al cambio de patrones y sostenido desde las instituciones del imaginario social patriarcal dominicano. (No faltará quien le diga a Rafael Emilio González Álvarez, para consolarlo, que la cárcel es para hombres ¿o no?)
Un desmonte que rompa la tríada de la violencia masculina que hace al hombre matar a otros, a las mujeres y a sí mismos.
La violencia basada en el género, un problema de los hombres que sufrimos las mujeres, mantenida por el corporativismo patrocinador de funcionarios maltratadores, violadores y hasta feminicidas impunes y fortalecedores de la imagen de una masculinidad corrupta, depredadora y especialmente peligrosa.
