No hace falta ser Presidente durante doce años para estar convencido de que las lealtades de funcionarios, legisladores y otros favorecidos, obedecen a la alta dignidad que se ostenta y no a quien la haya abandonado, como ave de paso. Leonel Fernández no necesita repetir esa experiencia para aprenderla.
Mostrarse despreocupado mientras la economía y la seguridad ciudadana se vienen abajo cual Nerón tocando la lira-, no es, desde luego, su único aprendizaje. Si no lo sabrá, ahora que arregla sus maletas para tomar unas forzadas vacaciones, que espera no extender por más de cuatro años. Ya tuvo la primera.
Nadie le puede hablar de tránsfugas, desamores y olvidos. Llegó, se fue y volvió. De manera que ha vivido la gloria de los aplausos y las amarguras en días azules, sin algarabías ni confetis. Sabe que los senadores, diputados y síndicos que hoy siguen su sombra en el propio PLD, se marcharán, mañana, a refugiarse bajo otro árbol, frondoso y cargado de frutas. Tanto o más prodigo. El último bocado es el que llena, y esto ya debe ser para Leonel una simple perogrullada.
Al fin y al cabo, una verdad de a puño, harto probada durante siglos, en diferentes formas de gobierno y las más variadas culturas. Por tanto, nadie tiene que contarle sobre la forma de transferir o preservar gran parte del poder que tiene en sus manos. Depende, por supuesto, de todo lo que pueda hacer para mantener el control del PLD, posibilidades que se verían seriamente cuestionadas y reducidas si Danilo Medina fuera electo presidente el año entrante. Dos gallos no cantar en un mismo gallinero y, comoquiera que sea, en este país un Presidente es un Presidente.
