Opinión

Las eternas añoranzas

Las eternas añoranzas

Si yo dijera que afloran en mi interior añoranzas estaría admitiendo que siento un gran vacío al verme privado de disfrutar placeres, satisfacciones y momentos idos, lo cual constituye una cruel y dolorosa realidad. Más aún cuando aquellos seres queridos ponen de manera milagrosa ante nuestros ojos frases del refranero popular que retratan de pies a cabeza las circunstancias del momento que nos hacen sentir nostalgia, “porque aquí las gentes son como las hojas del caimito, que un día te muestran una cara y mañana otra”, como  muy bien lo expresa el refranero popular.

Por eso, dentro de este ambiente miasmático inmoral que nos acogota, con una velocidad mucho mayor de lo que algunos creen, es que me doy licencia para consolar mi nostalgia, porque no hay remedio en el exterior cuya esencia no more en mi interior. Así lo creo junto a la inmensa Grabriela Mistral, quien nos dejó estos versos: “Un río suena siempre cerca./ Ha cuarenta años que lo siento./ Es canturía de mi sangre/  o bien un ritmo que me dieron”.

Dolor y pena da vivir en esta incertidumbre moral. Avasallado cual bestia de carga por aquellos creyentes que pregonan que con la desaparición del cuerpo perece el alma y que con la muerte acaba todo. Para mí -y para muchos-, por el contrario, angustiarse por la muerte física es un error, ya que la peor muerte es la moral, aquella que ocurre en las personas que se angustian en exceso por sus males materiales mientras su dignidad viaja a lo más profundo de los infiernos inmorales, donde habita la verdadera muerte.

Confieso que la nostalgia me invade al recordar aquellas cosas que formaban parte del común vivir y que hoy parecen sueños, agradables sueños que se desvanecen con el tiempo, pero que son realidades dormidas o acorraladas en algún rincón por la desidia o la ambición desmedida  que nos arroja al vacío,  cual tsunami que asola las costas con su fuerza incontenible.

A las puertas de estas reflexiones la nostalgia se regocija a la vez con los recuerdos, suavemente, como si mi memoria se pusiera a llorar con un llanto tranquilo y sereno, al rememorar el placer exquisito de haber vivido feliz al conocer seres con los que compartí cosas comunes, tanto públicas como privadas, con las cuales tuve –como alguien dijo ya-, la más completa compenetración de voluntades, deseos y pareceres, virtudes éstas donde radica la verdadera fortaleza de la amistad y el cariño, siendo este par dos valores echados en saco roto por una considerable porción de la sociedad.

Ante estas ausencias discurrimos con una tristeza que nos acompaña al recordar en el día a día a personas a quienes uno estuvo vinculado, tratando de retornar –aún sea en sueños- a ese estado anterior sin querer admitir que no hay retorno, que todo lo vive muere para siempre porque ese es el verdadero fin de la vida: la muerte. Ante estas ausencias  me resigno a la tristeza y los recuerdos buscando refugio en ese eros que muchos estudiosos intentan verbalizar, el mismo que constituye uno o tal vez el principal sentimiento por el cual y para el cual fue creado el hombre y que además es considerado como uno de los estados más emocionales, profundos y enigmáticos: el Amor.

Por supuesto que ser reo de la nostalgia es un gravísimo error común y mucho más para las personas que saben amar y que sienten en carne viva los azotes del odio y la maldad, sin poder permanecer impasibles ante la peste amoral que cual las famosas siete plagas de Egipto atacan inmisericordemente los nobles sentimientos de la amistad y el cariño.

En presencia de la conducta inmoral pocas son las fuerzas que se pueden emplear cuando sus ramificaciones han carcomido todo el cuerpo de la nación y su fetidez ha embarrado a quienes las circundan. Mas, como estableció Sigmund Freud, si nos abrazamos a las antítesis “amar-odiar, amar-ser amado” y, además el amor y el odio, tomados conjuntamente constituyen el mejor armamento en contra del no importa.

La que hemos identificado con pelos y señales es la misma indiferencia moral que se ha adueñado de nosotros para combatir y saber pelear abajo, cuando la prepotencia descarnada, los corrompidos por el narcotráfico, las truchimanerías, las zancadillas y la maldita corrupción han hecho metástasis en nuestra sociedad, constituyendo tal vez el amor  la mejor arma para combatir sin bajar la guardia y soportando toda la basura fétida que los degradados moralmente  nos tiran encima. ¡Añoranzas!. ¡Oh, Dios omnipresente!. Quién pudiera dar una mirada retrospectiva y refugiarse en un pasado no muy lejano en el que los valores humanísticos eran los soportes fundamentales en que descansaban nuestras actuaciones.

A la que me refiero es a la misma nostalgia que nos lleva a pensar que a lo mejor  amar, respetar y disciplinarse encierren el secreto de la buena convivencia. Vistas así las cosas se establece que por lo tanto respeto y disciplina es lo que nos ha faltado como sociedad, llegando a confundir libertad con libertinaje y  respeto con temor.

Sostengo que quizás la falta de respeto hacia aquellos íconos que por siempre han sido intocables y respetados y que a cada momento y lugar mancillamos –o tratamos de mancillar-,  sea el secreto principal  de nuestros males sociales. Hablando en términos llanos opinamos que si comenzamos por respetar la figura de los presidentes de la República, el Cardenal y los Obispos-por decir pocos ejemplos-, estaríamos en la vía correcta para iniciar el camino del rescate de lo que se ha perdido. Quizás sea ésta la ruta que nos conduzca de nuevo a guardar el debido respeto a todas aquellas personas que se han ganado a base de sacrificios un sitial de honor dentro de la sociedad. Respeto, por ahí debemos reiniciar. Respeto, sólo eso se requiere para materializar el sentimiento de una apabullante mayoría que ha perdido el horizonte. ¡Sí señor!.-

E-mail: rafaelpiloto1@hotmail.com

 

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