Nuestro arte actual es un largo juego de formas muertas en las que querríamos mantener la ilusión de un arte vivo.
(Spengler: La decadencia de occidente, 1918-22).
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Desde la Restauración, ¿cuántas obras físicas han resistido el paso del tiempo? ¿Y cuántas otras —sobre todo las que se apoyan en la intelectualidad y espiritualidad— han formado ciudadanos íntegros, honorables y apegados a las leyes? En las secuencias inexorables del transcurrir del tiempo, si lo fundado no penetra en lo profundo del tejido social y se convierte en discurso, a la larga se convertirá en forma muerta, en un amasijo que las crónicas historicistas obviarán, sepultándolo en lo que pudo ser y no fue.
Sin embargo, en la vorágine de aquellos años que siguieron al Grito de Capotillo, sobresalió Francisco Gregorio Billini, que ascendió a la presidencia del país a comienzos de septiembre del 1884 y se despidió de ella en el mismo mes del año siguiente por negarse a censurar la prensa.
En ese corto mandato, Billini sacudió los cimientos del sistema educativo nacional promulgando una Ley General de Estudios que acreditó la Escuela Hostosiana, cuyos genes aún viven en el sistema pedagógico nacional negándose a convertir en forma muerta.
En el conteo de las décadas transitadas desde Ulises Heraux (Lilís) a nuestros días, ¿cuáles gobernantes construyeron obras que han evadido convertirse en formas muertas? En esa cronología sólo han persistido como útiles muy pocas y de éstas sólo las que se enraizaron en la cultura ostentan pasaportes vigentes, porque los rechazos y odios que dejó Lilís en sus enemigos se llevaron de encuentro los proyectos ferroviarios, los puentes y todo aquello que mantenía la validez de su nombre.
En los escenarios políticos acontecidos tras su muerte, los usureros de siempre, así como la montonería y los caciques, propiciaron un caos que desembocó en la degradación histórica de una ocupación militar norteamericana que, para bien o para mal, implantó —manu militari— un ordenamiento cívico y una disciplina económica que heredó Rafael Trujillo Molina, quien siguiendo el ejemplo del dictador Benito Mussolini se propuso modernizar el país que había asaltado en 1930.
Respetando la ciudad de Ovando, Trujillo rehabilitó y edificó zonas urbanas, dotándolas de arquitecturas más o menos modernas y construyendo fábricas, puentes y carreteras que devinieron en formas muertas por el mismo fenómeno de odio que aconteció tras la muerte de Lilís.
Sin embargo, lo más importante del trujillato —que aún supervive— fue la renovación cultural que introdujo en la década del 40, la cual ha soportado oleadas de tirrias, venganzas y tentativas de supresión, esa damnatio memoraiae (condena de la memoria) que los romanos aplicaban a quienes deseaban sepultar en el olvido, destruyendo sus imágenes, sus obras, su historia.
A Trujillo lo sustituyó un variopinto Consejo de Estado cuyos mandatos se dirigieron a destrujillizar el país y preparar unas elecciones que ganó Juan Bosch, el cual sembró una semilla —la honradez— que, de haberse plantado en terreno fértil, habría germinado.

