Opinión

Las formas muertas

Las formas muertas

Para el pensador occidental “las verdades eternas”, son verdaderas sólo para él y son eternas solo para su propia visión del mundo (Oswald Spengler: La decadencia de occidente. 1918-22).
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La revolución de abril de 1965 marcó un antes y un después de lo que pudo ser una cabal comprensión de nuestra historia, un entendimiento objetivo acerca de los odios aprisionados por las urgencias ideológicas que pudieron dirimirse desde otros escenarios, sobre todo desde los relacionados al respeto mutuo, un valor que se ignoró desde la misma ascensión de Bosch a la presidencia, en 1963, cuando se menospreció la Constitución dada y proclamada en abril de ese mismo año.

Aquel proyecto de Bosch, que constituía la puerta de entrada a una anhelada democracia, fue cercenado cinco meses después de su promulgación, obedeciendo los protagonistas de esa infamia los mandatos de una geopolítica imperial que situaba sus prioridades regionales sobre las aspiraciones dominicanas, asociados a una iglesia católica altamente influenciada por el Opus Dei. Desgraciadamente, la revolución de abril —cuya meta esencial fue la restauración de aquella constitución ya convertida en metáfora— fue ahogada por una feroz intervención norteamericana y sirvió de trampolín para que un procónsul, Joaquín Balaguer, fuera impuesto en unas elecciones amañadas (1966), en donde a Juan Bosch se le impidió salir de su casa.
La administración de Balaguer se extendió por veintidós años [1966-78 y 1986-96] y de su obra sobreviven los espacios urbanos y rurales que abrió a la ecología con el cierre de los aserraderos, la sustitución del carbón por GLP, la creación de parques nacionales, jardines urbanos, represas, polos turísticos con créditos blandos para su desarrollo y asentamientos geográficos para zonas francas. Muchas de estas obras se mantienen vigentes y otras han crecido, proyectando servicios. Sin embargo, respecto a la enseñanza pública la obra de Balaguer —no obstante provenir su historial de los sectores intelectual-amanuense y educativo— se convirtió en forma muerta por carecer de iniciativas que fomentaran en la pedagogía estrategias creativas y laboratorios de investigación. A la ciudad de Ovando —ensanchada por Trujillo— Balaguer le incorporó amplios desahogos viales, pero lo que intuyó como su gran pirámide, el faro, permanece ahí sin proyectar luz. Por eso, salvo los cambiantes y peregrinos criterios de críticos e historiadores del futuro, el nombre de Balaguer se ligará a la ecología, a los parques nacionales, al bosque.

Los que gobernaron entre y después de Balaguer (Guzmán Fernández, Jorge Blanco, Leonel Fernández, Hipólito Mejía y Danilo Medina) están vinculados a proyectos relacionados con la modernización estatal, ampliaciones viales y progresos agropecuarios, todos empujados por las presiones sociales, pero que, a la larga, se convertirán en formas muertas, exceptuando la construcción del metro de Santo Domingo, que podría extender su vigencia por años y el otorgamiento del 4% anual del PIB a la educación, cuyos resultados están por evaluarse, debido a que una docencia sin docentes inspirados en una significativa conciencia magisterial, no puede producir enseñanza.

El Nacional

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