Pedro Mir y Manuel del Cabral forman el dueto de poetas más celebrado y trascendental de la lírica dominicana contemporánea. El primero, por convertir episodios centrales de la historia dominicana en textos poéticos que reafirman y fortalecen la identidad nacional.
El segundo, por la pluralidad temática, la riqueza lírica y la profundidad filosófica de sus versos, pensados como savia enriquecedora de la espiritualidad y la conciencia social del ser humano.
Mir y del Cabral son dos poetas temáticamente disímiles, compararlos es un fastidio innecesario. El texto cabraliano más cercano a la orientación político-social del discurso poético miriano, es Compadre Mon. En Mir predomina lo circunstancial, su caudal creativo es monotemático y recurrente.
Cada poema importante suyo brota de un momento específico del acontecer político nacional.
Hay un país en el mundo retrata, por un lado, la desgracia del campesino labrador dominicano a quien la escasez de tierra para el cultivo agrícola le cercena la posibilidad de subsistencia y, por el otro, la mendicidad del obrero de la caña, causada por la injusticia de una corporación poderosa que no recompensa jamás su servicio.
Amén de mariposas es la reacción del poeta al asesinato de las hermanas Mirabal ordenado por el dictador Rafael Leonidas Trujillo, hecho que, desde su perspectiva poética, anunció el desplome de la dictadura trujillista.
Portaviones intrépido es transmisor del oportuno Go home yankis del pueblo dominicano a las tropas norteamericanas que invadieron el país en 1965. Ni un paso atrás alienta a los combatientes revolucionarios dominicanos de 1965, tanto soldados como civiles, a mantener firme su ansia libertaria.
En El huracán Neruda, su poema más desacertado y menos celebrado, Mir evoca la trascendencia de la poética nerudiana, al tiempo que reflexiona sobre la causa que precipitó su partida del espacio terrenal: la muerte del presidente chileno Salvador Allende. La poesía de Mir es una extensa y permanente elegía a una Patria que él prometió desvelarnos Cuando hayan florecido los camellos en medio del desierto.
El legendario Compadre Mon, como ocurre en la generalidad de los versos mirianos, huele a pueblo también. Mir desliza sus ojos por la línea solar que iluminará la Patria, del Cabral siembra esa misma Patria de árboles con raíces imperecederas. He ahí los nexos que los asemejan en cuanto al ejercicio de una poética equilibrada.
El universo poético cabraliano se bifurca por senderos múltiples, y alcanza dimensiones superiores cuando es tocado por la magia de sus huéspedes que se llaman repetidas veces hasta encontrarse a sí mismos; cuando sus soldados se auto vigilan para conservar su vitalidad y su secreto, y también para reflexionar sobre la razón de su existencia; cuando sus negros resbalan hasta escaparse de la asfixiante realidad que los ahoga.
Esa visión totalizadora que trasciende lo meramente político para ganar lo humano, le permite a del Cabral repartir versos por doquier hasta «derribar las bestias que viven en su sangre desde el origen»(1) o hasta dejar que «las palabras líquidas corran como un látigo» para salvar a la humanidad de las bestias que la hostigan.
Tampoco se abastecieron en las mismas fuentes y modelos literarios. El aliento político y social de la poesía de Mir es más afín al clamor del América no invoco tu nombre en vano nerudiano, que al yo plural whitmaniano al que muchos estudiosos le adjudican a su obra. En Whitman, contrariamente a Mir, la sed de democracia es egocéntrica; es decir, apunta a la individualización del sujeto. De ahí que por él fluyan sin cesar todas las cosas del universo y todo haya sido escrito para él.
Cabral, en cambio, además de heredar el tono nerudiano de Canto general y Residencia en la tierra, prefirió asociarse al César Vallejo de la desgracia inmerecida, al que enferma a Dios para liberar a los mortales del mito recalcitrante de lo improbable. También evoca al Nicolás Guillén que revuelve al negro con el blanco para engendrar, entre caña, azúcar y explotación, el mestizaje certificador de la antillanidad. Otra tarea suya es desatar los nudos que imposibilitan la concreción de amores enlazadores de pasiones coexistentes.
Las coincidencias personales que las literarias entre Mir y del Cabral. Sus biografías contienen notables similitudes: cronológicamente pertenecen a la misma generación; la historiografía literaria criolla los sitúa en el grupo llamado Independientes; vivieron muchos años fuera del país; produjeron sus textos fundamentales en el extranjero y ambos son receptores del Premio Nacional de Literatura.
Disgustado por las atrocidades de Trujillo y temeroso de la maquinaria represiva que sustentaba su régimen, Pedro Mir se autoexilia en Cuba en 1947 y regresa al país en 1962, logrando, tocar rápidamente la sensibilidad política de la juventud.
De entonces, que encontró en su poema Hay un país en el mundo materia prima para la lucha revolucionaria y la consecución de las libertades civiles reclamadas.

