No debería de haber objeción alguna a las elecciones primarias automatizadas, en la medida en que sus resultados se correspondan con la intención del voto del elector. Si cada precandidato presidencial, municipal y legislativo —de los miles que hay en todo el país— es electo con pulcritud y transparencia estaríamos dando un salto cualitativo que motiva a la celebración.
La principal ventaja que ofrece el voto automatizado es la rapidez del conteo, por lo que en cuestión de horas de cerrar los centros de votación la población podría obtener resultados definitivos. Es lo que se estila en países desarrollados y no desarrollados donde se ha implementado este tipo de votación.
Constituye naturalmente una prueba de fuego para la JCE, porque del éxito de los resultados de estas primarias dependerá su credibilidad para organizar los certámenes municipales de febrero y los legislativos y presidenciales de mayo del año entrante.
De manera, que el objetivo fundamental de la JCE debería basarse en la buena organización del evento. Inclusive en la prevención de incidentes que puedan derivar en hechos lamentables y que empañen la eventual lucidez de los comicios internos de los dos principales partidos políticos.
Se sabe anticipadamente que en el PRM no habría mayores problemas por el amplio margen de puntuación que hay entre los dos contendientes principales, conforme al grueso de las firmas encuestadoras. En caso de producirse problemas sería en el PLD, por los intereses envueltos y el desbordamiento de las pasiones.
El doctor Leonel Fernández no acepta derrota y posiblemente se juega su última carta dentro de la organización política que preside. Y Gonzalo Castillo representa al presidente Medina. Medina ha controlado al oficialismo en los últimos años y en este evento pone en juego su liderazgo y su futuro político. Gonzalo podría ganar perdiendo, pero Danilo Medina no. Al jefe de Estado se le observaría como el gran derrotado. Y las implicaciones de una eventual derrota son preocupantes.

