La forma correcta de saludar y la sonrisa natural y amistosa de Laureanito, impresionaron gratamente al sargento que comandaba el pelotón; tanto, que se dirigió a él directamente en tono afable y también respetuoso, cual si lo reconociera como el líder del grupo
Cuando me enteré de lo que ahora les cuento, corría el año 1958. La gente estaba al grito por lo malo de la situación; las cosas estaban de mal en peor desde hacía más de cinco años, por la megalomanía del dictador (Trujillo). Se empeñó en celebrar por lo alto sus bodas de plata con el Poder le escuché decir a alguien, cuando ya Laureanito tenía 42 años y yo diez.
Sin embargo, el origen del relato se remonta a casi el final de la intervención norteamericana de 1916. Los invasores andaban peinando la cordillera oriental en busca de los hombres que se habían internado en las montañas para defender la soberanía nacional, y a quienes ellos y malos dominicanos llamaban gavilleros.
Como a mediados de septiembre de 1923, bajo la sombra de un frondoso mango, un pelotón buscaba en un mapa los puntos de ubicación de los sublevados, cuando un grupo de niños con su sillita de baitoa y guano a la cabeza se dirigía a la enramada de don Lico, localizada en un campito llamado La Enea en la falda de una enmesetada colina, donde éste lo esperaba tiza y borrador en manos.
Aunque no era el mayor ni el más alto, cuando pasaron delante de los soldados, Laureanito, con apenas siete años, estaba al frente; y saludó con deferencia y respeto; pero muy pendiente del desplazamiento entre las piedras del camino de la tabla de palma con ruedas de javilla que asida con un hilo de algodón conocido como de macario, él arrastraba, y le decía carro. Los demás iban atrás, cherchando y riendo, como si fueran para una feria.
La forma tan correcta de saludar y la sonrisa natural y amistosa de Laureanito, impresionaron gratamente al sargento que comandaba el pelotón; tanto, que se dirigió a él directamente en tono afable y también respetuoso, cual si lo reconociera como el líder del grupo.
— ¡Hey, Young! Where you going? Le dijo el gringo a Laureanito. Y a seguidas agregó: Are you going to school? Let me see that, please. ¡Oh, good, good; your bag is beautifull!
Ninguno entendió. Mas, el sonido de las expresiones le permitió a cada quien interpretarlas. Uno de los muchachos que quiso pasarse de listo, a partir de ese momento, no llamaba a Laureanito por su nombre. Le decía Yan. Con gestos y voz amanerados, le decía Yan; para molestarlo; sólo para hacerlo sentir mal, lo llamaba Yan. Y lo logró pero, ¡a qué precio!
Con una sola intención, hastiado de tanta impertinencia, la acción no se hizo esperar. Laureanito le partió el carro en la cabeza, y jamás pensó en volver a recibir las instrucciones escolares de don Lico.
Como entonces muy pocos sabían de la utilidad de asistir a la escuela para, al menos, aprender a leer y a escribir, desde que los muchachos iban creciendo y tenían una fuercita, en lo primero que pensaban los padres, era en comprarles una azada para labrar la tierra o proporcionarles una soga de pita para iniciarlos en la vaquería.
Por eso, cuando la mamá del niño golpeado por Laureanito le dio la queja a don Gregorio, la reacción fue la acostumbrada: Le pidió disculpas a la señora, y le prometió que él iba arreglar eso. Pero fue tanta la contrariedad, que por poco se ahoga. Unos hervores le subían de repente que lo pusieron a un tris de regurgitar. Sus glándulas salivares segregaron un sabor a retama que lo atragantó.
— Entonces quiere decir que aparte de que uno tiene que renunciar a la mínima ayuda que puedan aportarle los muchachos a la familia, para que vayan a la dichosa escuela, también hay que estar a cada rato recibiendo querellas de los vecinos No, eso sí que no. — Pensó don Gregorio.
En la nochecita, después de corear las desesperantes letanías del rosario con la voz de la radio, el perturbado e irritado don Gregorio se esfumó. Como por encanto, el papá de Laureanito empezó a hablarle con el cariño y la ternura que en sus adentros siempre llevó papito Goyo:
–Mira hijito, hoy iba a ser el primer día que fueras a la escuelita del maestro Lico, y me dijeron que ni llegaste; que lo que hiciste fue pelearte con el muchacho de doña Edelmira; que lo golpeaste en la cabeza por una tontería.
— Por una tontería no, papito. El que le dijo que fue por una tontería no le habló la verdad. Y si no le habló la verdad, es un mentiroso; usted mismo me ha dicho eso. Le contestó Laureanito con un brillo en los ojos que anunciaba el llanto amargo de la impotencia.
Ante la reacción de Laureanito, don Gregorio, que ya había decidido lo que iba a hacer, no quiso dejarlo con la angustia que denunciaban sus entristecidas pupilas y sus entrecortadas palabras. Y, como todo padre comprensivo y considerado, le pidió que le contara su verdad. Él sabía que cuanto le dijera tenía que ser cierto.
— Mire papito, por Dios, que quien provocó el problema fue el americano. ¿Qué es eso de llamarme Yan? Pero, eso es lo de menos; lo que no me gustó fue que Rigoberto a partir de ese momento, cuando se refería a mí, hablaba y se meneaba como un maricón. ¡Qué sé yo lo que quería decir el gringo con eso de Yan! Y ni él tampoco. Pero lo hacía para joder. Entonces, que joda ahora. Le razonó Laureanito a su padre, y calló.
A los campesinos de entonces les era indiferente que sus hijos recibieran instrucción escolar. Por temor, más que por conciencia religiosa, sí se ocupaban de enviarlos a aprender el Catecismo que impartían los curas y coadjutores en las ermitas
— Además de que se cumple con Dios y se evitan los regaños del párroco, eso es los domingos, de diez a doce, y les dan merienda. Comentó entre sus escasos dientes la abuela Isidora, quien, a pesar de sus muchos años, vivía atenta a todo lo que sucedía en el lugar.
Había que oírla cuando los recuerdos se le asomaban; con ilación casi cronológica, le daba con recitar cosas que los bochincheros tenían olvidadas, disque por intrascendentes. Sin embargo, ¡cuántas verdades juntas, y con cuánto sentido! le legó la matrona a la comunidad.
El día que doña Isidora se vio obligada a ofrendar su hálito postrero, harta del maldito acoso de la muerte, el cielo estaba tan azul y resplandeciente que parecía la antesala de la Gloria; y, ella, que sabía que era el preludio de su ausencia definitiva, no se quiso ir sin antes darle el último consejo a su hijo Gregorio.
Con la coherencia de sus mejores tiempos, y lucidez casi premonitoria, le susurró al oído: — No te atormentes mi hijo. ¡Déjalo! En estos tiempos eso casi no vale la pena. Ya verás que a final de cuentas, yendo o no yendo, como quiera e´

