Resultó una frustración el discurso pronunciado por el presidente Leonel Fernández en su condición de jefe político del Partido de la Liberación Dominicana, en un auditorio con una concurrencia que lucia aburrida y solo exhibía el rostro y la protuberancia del buen vivir. Fue una pieza sin ton ni son, que alimentó la desesperanza. Se esperaba que el jefe de Estado expresara palabras de aliento para un pueblo que prefiere esperar las elecciones para cambiar de rumbo antes que recurrir a la rebelión y a la desobediencia civil.
La frase de Abraham Lincoln de que se puede engañar una o dos veces al pueblo, pero que no se le puede engañar todo el tiempo, le sirve como traje a la medida al propio Fernández. Su impopularidad es inocultable. Una encuesta lo sitúo en la peor posición en el nivel de simpatía que gozan los gobernantes de varios pueblos latinoamericanos. Definitivamente, perdió el encanto que privilegia a un primer ciudadano en un régimen presidencialista.
La reproducción de los nichos de pobreza, la inseguridad, el desempleo, la carestía, la desatención al sector educativo y el deficiente sistema de salud constituyen un gran abono para el triunfo del candidato del Partido Revolucionario Dominicano, ingeniero Hipólito Mejía.
El escenario que escogió Fernández para explicar la profundidad de la crisis sin aportar soluciones, parecía sombrío. El rostro adusto del candidato del PLD, Danilo Medina, retrataba un mal momento. Danilo, reflejaba una rigidez en su fisonomía, impropia de un aspirante a la presidencia de la República.
Finalmente, Juan Bosch, decía que el cojo y el mentiroso no llegan muy lejos. También un destacado autor dijo que la mentira es un manto lleno de agujeros donde se esconden los tramposos. Ambas citas se aplican a aquellos que, como el PLD, no actúan con transparencia.

