De la misma manera que no es lícito juzgar una obra literaria considerando solo su valor estético, de igual modo es inapropiado, o tal vez despistado pensar que un líder político debe juzgarse en base a la cantidad de personas que dicen que dicho líder no es de su agrado, o como dicen los investigadores de las preferencias del mercado, por “la tasa de rechazo”. Como la obra literaria no existe, no sucede en el vacío o no puede ser apreciada en una oquedad sin contexto ni circunstancia, tampoco las acciones de líderes y estadistas pueden ser analizadas solo a través del ojo sesgado de sus contrincantes.
Un Gobierno, el estadista que encabeza o encabezó un Estado en esta época, no puede actuar con la misma actitud y pesimismo con que actuó Hamlet ante la podredumbre de Dinamarca, a la cual consideraba como “un jardín de malas hierbas sin escardar”. “¡Siento vergüenza de ello!”, exclamó el héroe al percibir los vapores pestilentes de aquella sociedad. Hoy, gobernar es una tarea de diálogos aunque atento al asomo de la fea cara de la vileza y a las frases lisonjeras que ocultan deslealtad y aprovechamiento de ventajas; también es una tarea de largos soliloquios para comprender el porqué quienes te rodean disfrazan la verdad o la esconden.
Toda la tragedia del Hamlet siguió un diseño verbal totalmente unificado, pero resulta imposible dirigir un Estado siguiendo los peldaños de un guión porque entonces éste no contemplaría las indelicadezas humanas, y estas encarnan las duras realidades con las que bregan los gobiernos.
Han transcurrido más de 2000 años de que Aristóteles definió la tragedia como la combinación del horror y los sentimientos de piedad que terminaba en una catarsis con la que finalmente sus héroes ponían fin a sus enemigos, a sus abusos, y otros que al final se hundían en una larga noche de melancolía. Pero quien gobierna un país encabeza el elenco de una clase especial de tragedia donde el público cree que la obra tiene un solo componente, un solo acto y una escena: Dame lo que me prometiste porque para eso gobierna o dámelo por piedad. Es como si todo el mundo pensara que el que dirige un Estado no afronta ni siquiera una brevísima dificultad en su trabajo de gobernar ya que basta con repartir los dones de la piedad aunque todos saben que no existen minas de “piedades”.
Por sentido común nadie puede esperar que un gobernante pueda cumplir con eso, de ahí que es imposible evaluar al gobernante según que muchos o pocos lo defiendan o lo ignoren, ya que lo defenderán aquellos que se beneficiaron con largueza de su “piedad” y será ignorado por los que lograron pocos beneficios. Entonces, solo un insolente retorcimiento de los fines que persigue la propaganda anti-Leonel, es capaz de pregonar con gran júbilo que este exgobernante tiene acreditado un determinado porcentaje de no aprobación aunque el mismo no tenga significación estadística.
Esos enemigos de Leonel saben que cualquier evento observable que no cuente con un número de observaciones estadísticamente significativa, no tiene validez como evento, sin embargo, insisten en ello porque saben que una gran parte de la población no comprende los artilugios con que se pueden distorsionar los resultados de una encuesta.
El 6 de octubre, los votantes no tenemos más remedio que escoger como el candidato del PLD a la presidencia para el 2020 a Leonel porque existe un vastísimo abismo entre él y sus contrincantes internos. No da lo mismo escoger a un estadista experimentado como Leonel como candidato presidencial que escoger a cualquier otro. Es imposible regatearle que es un estadista probado y competente. Sus logros están a la vista de todos. Digo esto porque algunos miembros de la cúpula del PLD que lo adversan lo presentan como un grumete lo cual es reprochable porque se trata de un líder que es menospreciado por aquellos que él distinguió.
Creo que los que tradicionalmente votan por el PLD, el día 6 lo harán con mayor decisión ya que es inconcebible que contra Leonel se opongan otros pretendientes por un simple reconcomio de varios de la cúpula del Partido que ahora repudian su empuje y sus posturas.
Dirigir un Estado demanda pericia porque gobernar es como escribir una buena novela, donde se requiere dominio de los personajes, de la trama, de los diálogos, de mucho arte y mucha imaginación. Leonel cuenta con esos dominios.

