Entre Lopez Rodriguez y Osorio, ¿cual es más preclaro y patriota?
En el escenario nacional centellea la ausencia del cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, quien en el 2016 se despidió como Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo, en una homilía henchida de simbolismos y rituales religiosos, luego de 35 años de estar coronado como la voz más responsable, preclara y patriótica de República Dominicana.
El prelado se glorificó por expresarse sin ataduras, acomodo, populismo ni temor a los neo-imperialistas gringos, a organismos internacionales ni a los grupos de poder interno. Se distinguió por enfocar los más diversos temas con claridad y sin contemporización, ganándose el respeto de feligreses, devotos y adversarios.
En los templos y los medios, en un lenguaje franco, vigoroso y altamente influenciable, depuso por la sobrevivencia de la familia y contra la conspiración anti-nacional, la corrupción, el aborto, la unión de personas del mismo sexo, la violencia, el desempleo, la inflación, la insalubridad y la escasez de valores humanos.
La inexorable cruzada del tiempo ha colocado debajo del Altar al nuevo Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo, monseñor Francisco Osario Acosta, en el instante en que en la esfera universal se afrontan viejos y nuevos desafíos, como la sexología sin límites; la bioética, el matrimonio de los curas, el sacerdocio femenino, la eutanasia, las células madres, el abrupto choque de géneros y la nueva doctrina social y moral de la Iglesia.
Aunque cumple con bendecir, elevar plegarias, curar heridas y llenar el vacío de amor; auxiliar a los desvalidos, enfermos y desamparados; aliviar el hambre y ejecutar otras acciones benéficas, Osorio se muestra timorato y se distancia mucho de la firmeza del cardenal López Rodríguez sobre la ocupación pacífica haitiana y el poder extranjero, la descomposición social, la unión gay, el aborto, el narcotráfico, la corrupción, la impunidad y el dispendio gubernamental.
Al margen de las ayudas humanitarias, el Papa Francisco ha iniciado la repurificación, renovación, dinamización y recuperación de la Curia Romana, para reconquistar tanto su imagen-prestigio como el espacio perdido, por el oleaje de pederastias y el escándalo del Banco del Vaticano, inculpado de tener depósitos de la mafia y de fabricantes de armamentos y anticonceptivos.
Combativo, como jesuita al fin, y americano, el Pontífice enrumba a la Iglesia por los senderos de la reforma y pone el acento en la punta de cada rompecabezas, aunque no está claro sobre el fenómeno domínico-haitiano. Eso sí, los cambios no han sido ni serán tan radicales y veloces, para no colocarse entre la espada y la pared, por la naturaleza ultraconservadora del clero y los fieles.
Sin la presencia activa del cardenal López Rodríguez, la Iglesia Católica dominicana está perdiendo brillo e influencia, porque son tibias o notables las ausentes de las denuncias sobre la amenaza a la soberanía nacional, el libertinaje y las inmoralidades, el desmedido afán de lucro, los reclamos de un menor desequilibrio en la distribución del ingreso y otros fenómenos acuciantes que la Iglesia Católica tiene que dar respuestas.

