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Libre pensar

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Amor y apego maternal

Entre las 7 y las 8 de la mañana, la joven mujer, que había perdido la razón antes de ser embarazada por algún borracho o drogadicto, en sus brazos mecía con ternura, en un banco del parque Colón de la Ciudad Colonial, a su criatura de menos de un año.

El pan suministrado por el buen samaritano lo ponía primero en boca de su retoño, y cuando el Sol chispeaba sus pieles, la guarecía bajo la sombra de un árbol y ella se exponía al fulgor del astro rey.
El alimento y los rayos siluetan la crecida sensibilidad de una progenitora que, aún sumergida en la pezuña de la enajenación mental, privilegia a su vástago. Y en su amamantamiento respondió una pregunta que resollaba en mi cerebro: ¿cuál quiere más, la madre a su hijo o el hijo a la madre?.

Definitivamente, el amor y el apego maternal contornean como más sublime y profundo, y se exterioriza como si se desprendiera de lo más recóndito de sus células y tejidos. Es más puro, penetrante y descomunal. La madre obra sin razonamiento, dispuesta a entregar la vida en su defensa. Cuando un policía busca a un hijo, se adelanta a decir que no fue él, sin saber qué aconteció.

En mi poemario “Venas de secretos abiertas” (1986) resbalo la musa en el pecho compasivo de las madrazas, que cultivan los plantíos en el vestíbulo de sus siestas restauradoras y renovantes. Con sus dibujos, saca la cabeza el verso titulado “El amor, semilla fructificante”: “El amor,/encanto/belleza/génesis./Cuerpo de un manjar dulcificante/y sensualidad perdida/en la vagancia/del placer./Polen de hombre y mujer/en pétalo de una flor/que ríe con néctar/y silueta nutrientes”.

Copla la esencia de su contenido: “MADRE,/esperma de la vida/vientre fértil/y dóciles senos/preñados de esperanzas./Tronco y fruto,/infinito desarrollo de mis pasos./Senda y camino/atajo y cauce del PADRE templado/con visión de la osadía/, requiebro y la versatilidad afectuosa/de sus formas”.

Otra composición, etiquetada “La bendición a una madre” (9 de agosto del 2006), remojó como una elegía: “El horizonte se tiñó de gris,/en la grieta del dolor,/cuando vi a mi madre (Andrea Reyes Pérez)/descender a su última morada. Y las imágenes/de mi mente regresaron a la Iglesia, aquella tarde/de mi bautizo”.

En el Día de las Madres, inclino reverente la frente en homenaje a las damas que, con abnegación y deleite, encauzaron a sus proles por derroteros despejados. Rememoro, con devoción, a Andrea Reyes, Profeta López y Georgina Pérez Trinidad (abuelas), Zulema, Marcelina, Martha y Anita López; a Romita Féliz Carvajal y Aurelina Cuevas de Hernández. Desde la distancia visitaré visualmente sus panteones y colocaré, simbólicamente, capullos en sus frontispicios, y en el hogar encenderé velas para que iluminen sus almas.

Por: Oscar López Reyes
oscarlopezperiodista@gmail.com

El Nacional

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