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La opción de la dirección peledeísta posterior a Don Juan de pactar con Balaguer para agenciarse su espaldarazo como forma de acceder a la conducción del Estado, fue evaluada por un grupo de ingenuos, dentro de los cuales me encontraba, de forma políticamente incorrecta.
Partimos del error de considerar que se trataba de una forma de sustentarse en las fuerzas que representaba el líder reformista para conquistar la victoria electoral y a partir de ella implementar el gobierno prometido por el PLD. Jamás supusimos que lo que estaba ocurriendo era la continuidad de un plan estratégico ejecutado por el invidente caudillo para desmontar la retórica peledeísta y probar que, provistos de poder, asumirían las mismas prácticas políticas prevalecientes a lo largo de nuestra historia.
A la táctica balaguerista contribuían tres circunstancias: Desplazamiento de la influencia de Bosch en la dirección del PLD; cesiones previas hechas por el reformismo en favor del partido morado, las cuales llegaron a incluir la presidencia de la Cámara de Diputados, lo que permitió confirmar al presidente Balaguer que el poder encandilaba a la dirigencia del PLD; la otra, las características esenciales de esa nueva dirección, tan distintas a las que adornaban a su egregio fundador, lo que el tiempo se ha encargado de ratificar.
Para rematar la desdicha del país, la muerte de Balaguer implicó vacío de representación de fuerzas conservadoras, y dando otra sorpresa, el PLD se obstinó en asumir ese papel, provocando giro de 180 grados en lo que se suponía su matriz ideológica.
Por ironía, el fallecimiento previo de José Francisco Peña Gómez, ofreció a Leonel Fernández, cabeza del Poder Ejecutivo, oportunidad de captar apoyo de litorales progresistas que daban al gobierno sensación de respaldo de diversos actores económicos, políticos y sociales, cuando en verdad se trataba del abandono de principios y valores supuestamente enarbolados.
De ahí en adelante todo ha sido “fiesta hoy y mañana gallos”. El disfrute de las bonanzas del poder sin contrapesos institucionales, sobre todo después del 2004; permisividad con la corrupción pública y privada y la confirmación de la efectividad de políticas populistas en un medio de carencias y ausencia de formación como éste, inoculó en el PLD la certeza de que era fórmula mágica para ganar y preservar poder.
Eso ha implicado beneficios fabulosos para la cúpula del PLD y sectores favorecidos con tales inconductas. No para la generalidad del pueblo y su famélica democracia. Sigue.

