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Limpiabotas  especie en extinción

Limpiabotas  especie en extinción

La mayoría de los que ejercía este oficio se dedica ahora a la venta de tarjetas telefónicas, limpieza de cristales de automóviles o la frutería ambulante, ya que con la proliferación de los tenis cada día son menos los clientes para lustrar calzados. Sin embargo, aún persisten aquellos que tienen clientelas tradicionales en grandes empresas, plazas o parques públicos

“Limpiabotas marrón y negro, por cinco cheles se los pongo nuevos”, es una expresión que ya no se escucha no sólo por la devaluación de la moneda, sino por la casi desaparición de su protagonista: El lustrador de calzados.

Sin embargo, algunos como Ramón Felipe Ureña y Sergio Angomás, con más de 40 años en el oficio se resisten a los cambios de los nuevos tiempos, a pesar de que los clientes son cada vez menos.

Y es que las ofertas de supermercados y tiendas de “combos” con todo lo necesario para limpiar zapatos y tenis, se ha convertido en el principal competidor de los limpiabotas.

Pero como ocurre en todo oficio en riesgo de desaparecer, hay quienes se arriesgan en interés de aprovechar los espacios dejados por quienes abandonan ese tipo de trabajo.

Las ventas de tarjetas de llamadas, limpieza de cristales de automóviles, y otras ramas de la economía informal fueron los atractivos que tuvieron muchos limpiabotas para abandonar el oficio.

Domingo y otros días feriados eran común observar a niños y adolescentes caminar por los barrios ofertando sus servicios de lustradores de calzados, así como en parques, colmadones y plazas públicas.

Niños y niñas

Podemos recordar que años atrás muchos padres dejaban de enviar sus hijos a la escuela, para que fueran a los parques a lustrar zapatos. De esa forma ayudaban con lo poco que obtenían lustrando botas. Una triste realidad de nuestros países pobres. Con esta acción condenaban a estos muchachos a vivir de la nada, ya que era muy poco lo que se obtenía. Claro todo es fruto de la pobreza metal y económica de muchos padres.

La labor de limpiabotas ha sido tradicionalmente reservada a los varones, pero era lo único que se sentía en capacidad de hacer Katherine Jiménez para ayudar sus padres, y puso manos a la obra. Ella asegura que decidió trabajar porque de otro modo no podría alcanzar su sueño de estudiar y convertirse en abogada, y que cursa el quinto curso. Se queja de que por ser la única hembra de su grupo, los otros limpiabotas tratan de desacreditar su trabajo ante los clientes, pero de todos modos reúne entre 140 y 180 pesos diarios. 

Un niño que recorre kilómetros pidiendo bolas y de bola en bola puede ganarse el dinero. Cada maña significa trabajo para Francis, trabajo y comida son las cosas en las que él más piensa.

Y cuando me encuentro los limpiabotas en las calles yo mismo no los miro como todos los miran como simples limpiabotas, a veces hasta ladrones piensan que ellos son, pero en realidad no todos somos iguales.

Francis al igual que Masielino son algunos de los niños trabajadores que cada día me los encuentro en las calles de diferentes pueblos, ya que sean convertido en niños aventureros, niños que arriesgan su vida para poder comer algo y vestirse, la humildad es la riqueza que ellos poseen, Francis se levanta a las 6 de la mañana a prepararse para ir a la escuela pero cuando llega el mediodía a veces no encuentra nada que comer, se quita el uniforme de la escuela y sale a las calles, sólo con el desayuno escolar que le dieron en ella puede soportar el resto del día, a veces sus padres no tienen conque comer y Francis se prepara para salir de pueblo en pueblo a limpiar botas, recorre kilómetros pidiendo bolas, hasta descalzo, buscando alguien que quiere limpiar sus zapatos.

La humildad y la inocencia de Francis lo han llevado a cometer errores, cuando al limpiar los zapatos de los demás cobraba sólo un peso, mientras otros de la competencia recibían hasta 10 pesos por la misma labor.

Por eso  existen niños que necesitan ayuda y sus padres también.

Por eso niños como Francis deben de ser ayudados. Tratemos de ayudar.

Muchas veces las personas se han topado a Francis a 50 kilómetros fuera del pueblo donde él vive. Rincón, la vega, viaja hasta Fantino, Cotuí y otros pueblos cercanos, pero que en realidad son lejos para este niño de tan solo 7 años.

Mientras recorría el Parque Duarte, en pleno Centro Histórico del Santiago de los Caballeros me encontré con un peculiar limpiabotas.

Canoso por todos lados, se veía a primera vista que entre sus manos sólo ha tomado el cepillo y zapatos de todo tipo. Su cara, desgastada por el tiempo, dejaba dicho que tenía más de cinc0 o seis largas décadas lustrando botas, zapatos y tenis.

Tiene una clientela fija. A diario este señor se le puede encontrar “fajao” en buen dominicano, lustrando los calzados de los santiagueros.

Quizás se canse y que por su edad, ya deba de estar en su casa. Pero de seguro tiene que buscar lo necesario para comer, para vivir otro día más, lustrando zapatos en el Parque Duarte.

Personas de diferentes edades se dedican a esta labor y lo más curioso del caso es que entre ellos mismos hay conflictos; en algunas ocasiones se deben a la ubicación de cada uno, otras a diferencias personales; sin embargo, ambos grupos dicen ser mejor que el otro.

 Lo cierto es que a pesar de la fama que se han ganado estos trabajadores, hay que reconocer que algunos efectúan esa labor para llevar el sustento a su familia.

En medio de la guerra de  Irak, en Bagdad, el pequeño Abbas Muhsen cumplió los 12 años y aunque es limpiabotas desde hace sólo unos meses se agita como un profesional.  Del bolsillo delantero asoman unos billetes doblados, su ganancia de la jornada. Calza sandalias rotas de plástico y tiene las manos tiznadas de betún. Su caja de herramientas es amplia y pesada, un regalo de su padre cuando decidió ponerle a trabajar. Por los extremos cuelgan pinceles, trapos, cepillos, algunas cremas y potingues. Abbas no deja de sonreír mientras limpia.

Hace seis meses que no acude a la escuela del barrio porque fue saqueada tras la caída de Bagdad. Vive en Rashdad City, uno de los arrabales pobres del este de la capital. Cada día toma un autobús para acercarse a los hoteles Sheraton y Palestina, en los que viven los extranjeros que son sus posibles clientes y los dólares.

El Nacional

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