PEDRO P. YERMENOS FORASTIERI
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El cambio es la dinámica que mueve al mundo. Siempre ha sido así. Todo fluye, en un enfrentamiento permanente con la inercia que paraliza. Pese a esa evolución, se producen momentos en que las transformaciones se agudizan, generando la sensación de que todo queda desfasado, abriendo paso a nuevas formas que vienen a sustituir al añejo pasado.
Eso sucede en la actualidad. La humanidad está en ebullición. La gente se percibe decidida a encontrar nuevos paradigmas a partir de los cuales reaccionar ante un espejo que devuelve una imagen que no satisface, por mostrarse imposibilitada de dar respuestas adecuadas a sus demandas más sentidas.
Las condiciones materiales de existencia de millones de personas se deterioran de forma progresiva, con la agravante de que, al mismo tiempo, se agiganta la opulencia obscena en la que desenvuelven sus vidas minorías que no pueden desvincular su bienestar de la miseria colectiva. Una y otra se explican recíprocamente.
El sistema económico mundial, impulsado por una lógica perversa que propicia en mayor medida la concentración de capitales en pocas manos, en desmedro de una distribución equitativa de recursos que aligere la carga de la mayoría, ha entrado en una fase que empieza a revertirse contra su propia dinámica, y lo peor es que no parece provisto de fórmulas para readecuarse a la nueva situación y mantener su vigencia.
Por eso, la crisis actual atemoriza a los grandes centros de poder en mayor medida que otras que le precedieron. Están conscientes de que va más allá de lo circunstancial, para introducirse en las esencias de un sistema que acuna en sí mismo las causas de su propio agotamiento.
El fenómeno no es nuevo. Se ha presentado cuando modelos económicos antiguos han dado paso a sus sucesores. Quizás no estemos ante tal situación y el capitalismo subsistirá, pero jamás sería sobre bases idénticas a las actuales. La presión de tantos los desamparados- sobre tan pocos los opulentos-, lo forzará a reciclarse hacia una dirección capaz de dotarlo de un rostro menos cruel y más humano.
La fuerza indetenible del cambio se ha manifestado con largueza en América Latina. El mapa político de la región de mayor desigualdad del planeta ha dado un giro dramático. Una característica común resalta: Los partidos tradicionales han sido desalojados del poder, echados por el hartazgo que más tarde o más temprano produce la impunidad de los corruptos y la falta de soluciones a las problemáticas de los gobernados.
No emito juicio sobre la mayor o menor cualificación de los estamentos de poder emergentes, ni si serán remedios más efectivos que las enfermedades, pero es evidente que constituyen expresiones de una búsqueda desesperada de vías alternativas para enfrentar una realidad agobiante.
El Salvador es la muestra más reciente. La atípica procedencia de la parcela triunfadora, representada en la metralleta y la guerrilla, no fue obstáculo para que decidiera dejar atrás la era de quienes ni siquiera detuvieron sus horrores ante la sotana excelsa de Monseñor Romero.
¿Cuál es la relación de esta ola de cambios con nuestro país? ¿Estamos condenados a continuar bajo la férula asqueante de la multicoloridad roja, blanca y morada, que ha probado ser responsable de la preservación de este estado de cosas que avergüenza? ¿Llegará nuestro turno? Eso lo analizaremos el próximo martes.
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