La lluvia es una bendición de la naturaleza. Hace bajar las altas temperaturas, los desagradables calores de esta temporada. Además, de manera normal, es beneficiosa a la agricultura, en un país, como el nuestro, donde el consumo alimenticio local se abastece mayoritariamente de la producción de los rubros de su suelo.
Pero la lluvia abundante, consecuencia de fenómenos atmosféricos, puede dañar los cultivos agrícolas, ocasionando grandes pérdidas a los productores nacionales, provocando desabastecimiento en el mercado y llevando a las autoridades a la búsqueda de divisas fuertes para la importación de determinados productos.
Se afecta todo el aparato productivo nacional, pero los más perjudicados son los denominados vendedores ambulantes y todos aquellos que dependen de la economía informal.
Cuando llueve, durante días consecutivos, se observa una parálisis económica momentánea.
La abundante lluvia suele afectar regularmente el servicio eléctrico (de por si deficitario) con averías que constituyen una agravante adicional al desenvolvimiento económico nacional.
De todos los daños, sin embargo, el que amerita mayor valoración es el que involucra el aspecto humano.
Por ejemplo: derrumbe de casas por deslizamiento de tierra, crecida de ríos, arroyos y cañadas, inundaciones por falta de mantenimiento de sistema de alcantarillado, personas a la intemperie, damnificados y pérdidas de vidas humanas.
Los organismos de socorro del Estado se han ido equipando. Eso es importante, pero más importante aún es la planificación y la prevención.
No se justifica que se permita levantar casuchas inseguras y en lugares de altos riesgos ni la extracción indiscriminada de agregados de los ríos.
Este es el único país donde la lluvia es sinónimo de muerte.

