Las reacciones indican que el escenario estaba preparado para el golpe de efecto que representaba el establecimiento de relaciones diplomáticas con China. Pero no todo salió a pedir de boca. La estrategia, como se advirtió con la batería de opiniones que surgieron de inmediato, no contó con comentarios tan hirientes sobre la decisión como los de Taiwán y de senadores como el norteamericano Marco Rubio.
China es una realidad que Estados Unidos reconoció cuando en 1979, durante la gestión de Cyrus Vance como canciller, estableció relaciones, durante la presidencia de Jimmy Carter.
Pero en el caso de República Dominicana, que como dijo el presidente Danilo Medina se puso al lado de la historia, la decisión, más por la forma que por el fondo, ha dejado unos cuestionamientos que no es verdad que se van a solventar exagerando las expectativas. Es importante, pero en modo alguno la panacea para resolver grandes problemas nacionales.
La reacción de Taiwán de que China había comprado los nexos sobre la base de un préstamo de tres mil millones de dólares que haría al país, y las afirmaciones de Rubio en el sentido de que el Estado dominicano había sido sobornado son opiniones que hieren la integridad y la imagen de República Dominicana. Que nadie se confunda con falsas lecturas de unas declaraciones inusuales, sin precedentes.
La verdad es que desde hace tiempo se hacía más que evidente el acercamiento diplomático entre este país y China Continental. Tan notorio era que el canciller taiwanés no solo organizó un viaje relámpago a suelo dominicano, sino que prometió, con el propósito de evitar la inminente ruptura, ampliar la cooperación económica y cultural para fortalecer los lazos, que habían alcanzado la categoría de históricos, entre ambas naciones.
Tan confiados estaban que en febrero suscribieron un contrato de cooperación y donaron tres millones de dólares para equipos militares, desarrollo de las microempresas, ambulancias, motocicletas y demás.
Tras el arreglo, en medio del cual el ministro de Defensa viajó a la nación asiática, los taiwaneses pensaron que habían fortalecido unos vínculos cuya ruptura ya estaba tomada. Por supuesto que la ruptura en algún momento, más temprano que tarde, tenía que llegar.
Pero a Taipei se le permitió hacerse vanas ilusiones de que conservaría un aliado en la región. Las cosas pudieron hacerse mejor, más tratándose de un país que demostró amistad a República Dominicana. Cuando Costa Rica y Panamá tomaron la decisión, Taiwán pareció resignarse. Sin embargo, en el caso dominicano reaccionó como si hubiera sido víctima de una alta traición. O de puñalada trapera.

