No se puede viajar a un Festival Mundial de Poesía en otro país, en este caso a las Olimpíadas Culturales de Londres, sin prepararse, con una revisión de las antologías fundamentales de literatura, que permita evaluar el estado actual de su poética, en este caso de Inglaterra, a partir de sus clásicos o poetas fundamentales.
Releyendo el primer y segundo tomo de la antología de Richard Aldington: The Viking Book of The English Speaking World, de 1941, en una edición revisada de 1958, descubrí algunas sobre el arte de antologar que me parecen muy pertinentes, dados los debates existentes en nuestro país sobre la producción de antologías poéticas.
Aldington parte de que su antología es general y no personal, como la que publicara Phillip Larking, en su Antología de Oxford de Poesía Inglesa del Siglo Veinte, completamente basada en sus preferencias como poeta y autor, y donde ignora a personas y poetas populares porque solo incluye lo que le gusta, ignorando a escritores como Adoux Huxley, quien escribiera Textos y Pretextos,o el Espíritu del Hombre, del Dr. Bridges, y otorgándole un lugar prominente a Thomas Hardy.
El antólogo general, dice Aldington, trata de mostrar lo mejor de un período, construyéndolo sobre un núcleo de poemas universalmente admirados, en su caso, la selección de 1,200 poemas de 300 poetas reconocidos y un número considerable de escritores anónimos; y lo distingue del académico y del histórico, partiendo del análisis de los poemas no de lo que afirman de ellos los críticos. En ese sentido cita a Alexander Pope, 1688-1744, cuando dice:
«Ni nuestros juicios ni observaciones serán nunca iguales, porque cada quien cree en los suyos. En poetas el verdadero genio es tan raro de encontrar, como el verdadero gusto en los críticos».
Para su antología Richard Aldington parte de que «La poesía inglesa ha ocupado un lugar preponderante en la literatura mundial dos veces. Primero, cuando produce a Spencer, Shakespeare y Milton, y luego cuando tiene aún la suficiente imaginación para producir la espléndida época de Blake, Wordsworth y Shelley», concluyendo que «una época de pequeños poetas siempre tendrá pequeños críticos», y que es la pequeña critica la que pasa no la gran poesía, porque como decía Leonardo Da Vinci: «Cosa bella mortal passa, ma non d’arte».

