Opinión

Los ángeles de hueso

Los ángeles de hueso

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Es interesante registrar que los productores culturales de la Entregeneración del 50, al igual que como fueron motivados García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes (mejor conocidos como los integrantes del boom literario latinoamericano), lograron sus estímulos creativos porque sintieron las mismas vicisitudes que encadenan al ser humano que habita las dictaduras y las periferias.

La búsqueda del yo como sujeto histórico fue el sello de aquella joven intelligentsia de los años 50, que anhelaba autentificarse a través de los nuevos lenguajes estéticos aprehendidos.

Por eso, los objetos que produjeron en ese decenio es preciso estudiarlos, desmontando los símbolos que propiciaron sus lenguajes, sus ritmos y la sistematización de sus producciones, para así atar el resultado de la investigación a los fenómenos que —pocos años después— originaron la Generación del 60, a la que he llamado maldita en virtud de que fue atrapada entre el existencialismo, la revolución cubana y la muerte violenta de Trujillo (1961), convergiendo luego en la frustración por el golpe de estado a Bosch (1963) y el fracaso de la Revolución de abril (1965).

La edad de Veloz Maggiolo —señalado su nacimiento como 1932 en algunas notas biográficas y otras en 1936, fecha ésta que tomaré como válida—, era de apenas doce años cuando repuntaba con mayor vigor la Generación del 48, por lo que hay que suponer que no contaba con una preparación suficiente para ser un lector u oidor cabal de sus publicaciones, insertadas en el diario El Caribe, sin dudas el vehículo promotor de aquel grupo, ni mucho menos ser un íntegro observador —desde una butaca cercana al proscenio— de lo que ocurría en aquel escenario, cuyos movimientos desembocaron en una profunda correlación con los fenómenos políticos y culturales de la dictadura.

Entonces, hay que reconocer que Veloz Maggiolo, conducido al escenario cultural de la mano del poeta y crítico Antonio Fernández Spencer, en los 50’s, no pudo ser miembro de aquel grupo del 48, ni tampoco del 60.

Y lo mismo podría decirse del dramaturgo Franklin Domínguez (1931), otro de los integrantes de la Entregeneración del 50, junto a Silvano Lora, Papo Peña Defilló, Tete Robiou, Ada Balcácer, Ramón Emilio Reyes y Carlos Esteban Deive.

Inclusive, a muchos de los que integraron la Generación del 48 —en sus postrimerías— habría que cuestionarlos respecto a si sus producciones (poesía, novela, teatro, pintura) respondían a las singularidades de los objetos creados por esta generación.

Pero si el movimiento beatnik y el existencialismo fueron los grandes selladores literarios de la Entregeneración del 50, en la Generación del 60 la impronta literaria la depositó Neruda y su poética, y luego de su llegada al país, Pedro Mir, una marca que señalé en un ensayo sobre Diógenes Céspedes.

No estaría de más, entonces, reconocer que los productores literarios y pictóricos que pertenecieron a las generaciones del 50 y del 60 —y que aún permanecen vivos y produciendo— se hayan considerado a sí mismos como supervivientes.

El Nacional

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