La parte frontal de los hospitales de la capital está arrabalizada por vendedores de comestibles que utilizan grandes anafes, estufas, tanques de gas, poncheras, vitrinas y otros ajuares para cocer y exhibir los alimentos que expenden en esos lugares.
Ese comercio irregular afecta el entorno de los hospitales Luis Eduardo Aybar, Francisco Moscoso Puello, Robert Reid Cabral, Salvador B. Gautier y la maternidad Nuestra Señora de la Altagracia.
Los alrededores de esos centros de salud fueron convertidos en cocinas y cafeterías ambulantes y al aire libre.
En esos negocios el público puede comprar desde el tradicional yaniqueque hasta un plato de arroz, habichuela, carne y ensalada.
La situación es tan grave que en la maternidad Nuestra Señora de la Altagracia, en Gazcue, los vendedores de alimentos también se instalaron en el estacionamiento del edificio que aloja a ese centro hospitalario, sin que eso llame la atención de sus autoridades.
El caso de la maternidad tiene el agravante de importantes instituciones gubernamentales cuyos entornos también lucen feos y descuidados.
El problema envuelve también a instituciones como el Museo de Historia y Geografía, el Teatro Nacional, la Cinemateca Nacional, el Museo de Arte Moderno, la Biblioteca Nacional, la Superintendencia de Bancos y el Palacio de la Policía Nacional.
Los visitantes que llegan desde diversos puntos de la capital y del país pueden desayunar o almorzar, con un sandwich de huevo, queso o jamón, un pollo horneado con yuca, guineítos o el tradicional plato de tostones con salami o espaguetis, preparados de manera instantánea.
Los cocineros, sin ningún miramiento, sólo movidos por el interés de las ganancias que les generan sus negocios, ocupan las aceras aledañas a los hospitales con mesas, huacales de refrescos, latas y galones de jugos.
Abundan los triciclos manejados por vendedores de cocos de agua, frutas o transitan cargados con grandes fundas de pan y latas de jugos naturales.
Los tumultos de personas que se forman en esos lugares, las grandes sombrillas que los protegen del candente sol y el consiguiente entorpecimiento del tránsito peatonal y de los vehículos, conforman panoramas semejantes a los que se observan en los mercados públicos de la capital o de cualquier otra ciudad.
Pero además, es cuestionable la forma en que esas personas manipulan los alimentos que expenden, sin que ninguna autoridad de Salud Pública supervise las medidas de higiene que deben imperar en esos testablecimientos.
La inmensa cantidad de basura que producen esos negocios constituye otro elemento que enrarece el entorno de los hospitales y pone en peligro la salud de los pacientes, debido a la gran cantidad de ratas y alimañas, además de la contaminación.
Ruedan por doquier platos, vasos, cucharas y fundas de plástico, mientras los clientes comen parados o sentados en las aceras.

