Ha tenido que atravesar una tormenta de nieve, cruzar un desfiladero y coger al vuelo la cesta, que en un momento se le cayó.
Sin embargo, por fin ha llegado sana y salva.
Por la noche, ha distribuido los huevos por los jardines y, contenta, se ha vuelto a su campanario. Ha dormido como un lirón.
Por la mañana tempranito, el cura ha tirado de la cuerda y la campanita, con su dulce tañido, ha despertado a todo el pueblo.
Los niños han salido corriendo al jardín y ¿Con qué se han encontrado?
Los gritos de los pequeños resuenan por todas partes.
-¡Gracias campanita! ¡Gracias por los huevos de chocolate!
Elisa, viendo los rostros radiantes de los chiquillos, se olvida de su cansancio y de las dificultades de su largo viaje hasta Roma: las montañas, la nieve, el aire y el frío han valido la pena.
¡Cómo disfruta viendo a los niños tan contentos!
Así que, ya sabes, amiguitos, cuando veas una campana en lo alto de una iglesia, sonríe, le encantará.

