El movimiento de los indignados surgido un poco antes de las últimas elecciones en España y hasta ahora replicado en Francia y Grecia, hace recordar los inicios de las revueltas que hoy sacuden al Medio Oriente, tanto por el grupo demográfico que la compone como en sus métodos organizativos. Si bien agregan un interesante capítulo al libro del activismo moderno que apenas empieza a escribirse, es poco probable que derive en resultados significativos contrario a sus símiles del mundo árabe.
Es posible que el movimiento de los indignados logre contagiarse a países con juventudes propensas a manifestarse como en la Gran Bretaña, Alemania, Portugal, Italia, entre otras. Sin embargo la falta de un mensaje coherente y la complejidad de los problemas europeos, pudiera ser la limitante que hasta ahora no ha tenido el mundo árabe que de pleno sólo buscó remover los regímenes inamovibles de antaño.
En la actual coyuntura del problema europeo es probable que los indignados de España y Grecia estén propugnando por algo totalmente contrario a los indignados de Alemania y Francia. Por un lado se critica la austeridad que la crisis de la deuda soberana ha impuesto sobre sus países y el manejo de esta por parte de sus políticos, mientras que por el otro se critica que los países que hasta el momento manejaron sus deudas de forma prudente tengan que pagar los deslices de sus vecinos menos responsables.
Sumado al mensaje en exceso ambiguo y regionalista de los indignados, estos tienen una desventaja que no tienen los movimientos similares de los países árabes. Los jóvenes en Europa, como grupo demográfico, van en franca reducción, y con ello su relevancia política, lo que es determinante para mover las inquietudes de las clases políticas.
Pudiera ser, finalmente, que los indignados de Europa sean sólo movimientos sociales aislados que muestran la quiebra interna de los europeos con la idea del proyecto de la Unión Europea, aunque en su trasfondo exista una realidad mayor. Puede ser la muestra de una generación más políticamente activa e interconectada extendida a lo largo del globo.
Con acceso significativo a los medios de organización empleados por los europeos, y mayores razones para manifestarse, el contagio hacia Latinoamérica y Asia pudiera ser inevitable haciendo falta una chispa para detonarle. La reacción de los gobiernos de esas regiones, sería más difícil de predecir.
Hay un mensaje, sin embargo, que las clases políticas no pueden dejar pasar por alto. Los indignados europeos, los manifestantes árabes, y los que probablemente surjan en Asia y Latinoamérica, son una señal de que las sociedades están evolucionando más rápido que las formas de gobierno, y que ante estas circunstancias las clases políticas están en la obligación de evolucionar con ellas y no reprimirlas.
Entiendo que más que un motivo de preocupación, este nuevo activismo representa una oportunidad para movernos hacia democracias más participativas y abiertas, gobiernos más transparentes y una sociedad más informada y políticamente activa. Quien aproveche de forma adecuada esto podrá, desde el punto de vista estrictamente político, percibir los dividendos de haber dado el primer paso.

