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Recuerdos de Orlando Martínez
Señor director:
Ante todo, permítame saludarle junto a todo el personal de este prestigioso vespertino, el cual hace honor a su lema de ser la voz de todos. Paso seguido a exponerle el motivo de la presente correspondencia, cuya finalidad única es la de recordar y recrear mis vivencias con quien fuera y es Orlando Martínez, a propósito de cumplirse el 34 aniversario de su vil asesinato.

Recuerdo que entre los años 1966 y 67, primero llegó a Santiago como cuadro dirigente revolucionario del Partido Comunista Dominicano el joven José Antonio Rivas Tavárez (Pepe), y a pocos días o meses le siguió, en esa misma condición, otro joven de mediana estatura física, con espejuelos recetados, dos bolígrafos Parker en uno de los bolsillos de su guayabera y un libro titulado Fundamentos del Marxismo-Leninismo; ése era Orlando.

Llegaron a mi casa de la Pedro M. Hungría 65, Pepe, Juan Persia, Alfredito Conde y él (Orlando), e inmediatamente me lo presentaron sentí en la fuerza del apretón de manos, la reciedumbre de su valor inmedible. Me pareció ver en sus ojos, y así lo confirmé luego, el destello de una persona de mucha calidad humana y gran sensibilidad social.

Luego visité la habitación donde vivía en el sector de Baracoa. Era una habitación modesta, pequeña y limpia que compartía con Pepe Rivas. Sus únicos ajuares: 2 camas, dos sillas de guano y una mesa con un montón de libros, varios LP de música de los grandes maestros y una pequeña máquina de escribir portátil. Ese era el hábitat propio de dos jóvenes de profundas convicciones revolucionarias: José Antonio Rivas Tavárez y el luego enjundioso y profundo periodista Orlando Martínez.

Aunque Orlando era un joven dedicado de cuerpo y alma a la práctica y al estudio de la política, siempre tuvo espacio para la preocupación por sus compañeros. Recuerdo que una mañana se presentaron a mi casa él y Pepe y me condujeron a la Avenida Hermanas Mirabal, frente al colmado de don Moisés Luna, a decirme que debido a mi trabajo partidario se había decidido pasarme una pequeña mensualidad económica. Supe que esta decisión se tomó por iniciativa de Orlando, quien había notado las precariedades de mi familia y, a la vez se había encariñado con doña Consuelo, mi madre.

No puedo concluir sin relatar un sencillo y anecdótico episodio en la vida de Orlando, que pone de manifiesto su inconmensurable calidad humana, social y revolucionaria.

Una noche asistimos al velatorio de un señor de nuestro partido que murió de tuberculosis en el barrio Ensanche Bermúdez. Me le acerqué y porpuse que se elaborara un volante en honor del fallecido. No puso objeción, solo me dijo, vamonos. Recorrimos a pies el trayecto hasta Baracoa, entramos a su habitación y como era debido hacer ruido con la máquina de escribir, lo tomamos, y máquina y esténcil en manos nos dirigimos a la casa No. 53 de la Pedro M. Hungría donde vivían un compañero del PCD y en el patio a las 11:00 de la noche dimos riendas sueltas a la imaginación.

Él me pidió, con humildad para que yo me puliera, que empezara a dictarle. Así terminamos de picar el esténcil. Esa misma noche a las doce nos dirigimos de nuevo a Baracoa, esta vez a la casa del señor Luis Fondeur, donde escondíamos el mimeógrafo; hecho el volante regresamos al velorio con 500 hojas que decían: “Hace más de un siglo decía Carlos Marx, que el nuevo capital derramaba sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza”, y terminaba dicho volante…” Un obrero, un hijo de Santiago ha fallecido víctima del hambre que genera ese capital”.

Señor director, así era Orlando Martínez. Así quedó y quedará en el recuerdo de cada uno de nosotros. Ese legado dejado por Orlando, que como Terencio, nada humano le fue ajeno. Esperamos que algún día el recuerdo de su sangre generosa e inmarcesible tiña de rojo la cobardía de la página en blanco.

Atentamente,

José A. López (Che)

El Nacional

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