Entre protestas no hay celebración
Señor director:
Sofocar las protestas y dar un oportuno alivio al gobierno ha sido el mayor aporte del pacto firmado entre el presidente Leonel Fernández y el ex candidato presidencial, Miguel Vargas. Entendido de esta forma, ha resultado valioso para la tranquilidad, pero no necesariamente para la estabilidad.
La inalterable armonía que demanda el progreso encuentra una dura resistencia en la falta de atención al campo, la ineficiencia del sistema energético, la debilidad institucional y el imprudente despilfarro del tesoro publico.
La crisis global es un factor de presión y agravamiento. Pero mantenerse ajeno, como si no pasara nada, es la peor forma de combatirla. De ahí que un conjunto de organizaciones haya encontrado una causa común con los sectores más afligidos y desatendidos, a saber, obreros, campesinos, productores agrícolas, estudiantes, amas de casas, consumidores, los profesionales de la medicina, profesores, en fin, los sectores activamente productivos.
La impresionante manifestación de campesinos desplazados en la Plaza de la Bandera es, indudablemente, una expresión de protesta que llama a preocupación. Si es que a los actuales gobernantes no se les ha olvidado que la suerte de su administración está estrechamente vinculada al bienestar de todos los dominicanos.
Si, además de poner fin a las disimuladas pretensiones de permanecer en el poder, el presidente Fernández ha logrado frenar el notable impulso de la lucha popular, se habrá anotado un punto. O ganado tiempo. No necesariamente ha logrado extinguirla.
Los firmantes del acuerdo son los dirigentes más votados en los comicios del año pasado (se llevaron casi el 95 por 100 de los votos), pero no necesariamente representan a los sectores insatisfechos. De hecho, ningún grupo político está en condiciones de reivindicar las protestas. A decir verdad, muevos grupos se han sumado a los ya conocidos.
Miguel Vargas, sin proponérselo, ha asumido el riesgo de asumir la resistencia a tales manifestaciones. Es posible. Contingencia despejable a partir de su comportamiento frente a la población y las banderas que levante en los próximos doce meses, entre el presente mes y el 16 de mayo del año entrante. Sabio sería de su parte diferenciar y dejar bien claro lo que en sí mismo representa cada uno de los puntos refrendados y el propósito ulterior del acuerdo. En política, ser ingenuo es un error que se paga muy caro.
Contribuir a la tranquilidad del país representa, realmente, un aporte, apreciable y necesario por demás. Pero prestarse, consciente o ingenuamente, a una uno de los tantos trucos a que ya nos tienen acostumbrados los políticos, Leonel Fernández inclusive, sería fatal para él.
El propio Danilo Medina, maestro indiscutible de la estrategia política, ha guardado silencio, a pesar de ser, aparentemente, el más favorecido por el pacto Leonel-Miguel. Es una muestra de sagacidad y equilibrio. En el arte de la política tomar las cosas con un grano de sal, con cuidado, ha sido siempre lo más saludable y conveniente. Hay cosas que se ven y otras que no se ven. Estas, las ocultas, suelen ser las más escabrosas y determinantes.
El presidente Fernández no tenía alternativa. Los números no le daban ni aún sumando a los 19 asambleistas reformistas. Con la oposición de los seguidores de Danilo Medina y los del PRD (casi todos afiliado a Miguel Vargas), le iba peor: se quedaba el nunca jamás, sin otro camino que jubilarse en el 2012. De manera que el arreglo ha sido un bálsamo para los principales actores políticos. Danilo tiene el camino despejado y tanto él como Miguel no se enfrentarán, de nuevo, al Estado con todos sus recursos. Leonel e Hipólito se salvan del ahora establecido temprano retiro dentro de tres años.
Sin embargo, nadie puede celebrar en medio de un campo minado. Sin estar despejado de las manifestaciones y protestas, abiertas y notablemente progresivas. Procede que cada uno de ellos contribuyan jugando un rol de primer orden en procura de que el Gobierno de efectivas respuestas a las demandas. Entonces, sí podremos, felizmente, partir, y repartir el bizcocho. Todos.
Atentamente,
Eduardo Álvarez

