Buenismo malo
Señor director:
Si un presidente de la República lleva como atributo el buenismo, difícilmente sea odiado ni temido, pero con la debida equidistancia, no debemos confundirlo con la humildad y sus cualidades afines, que tampoco es debilidad. El presidente Fernández es un hombre de derecho; con él se ha pretendido sin éxito que pierda la condición de humilde y recurra a la arrogancia y la soberbia, actitudes éstas que nos conducen a la insolencia y al desastre. Él exhibe una mansedumbre extrema que sí le marca, dejándolo atado a lo que señala Valentín Puig, a la democracia del corazón, que es la de asumir el sentimentalismo de creer en la paz perpetua y en la ausencia de conflicto. De aquí que la oposición y ciertos servidores públicos se comporten con la seguridad de actuar sin riesgos de reprimendas.
Volver al poder tenía un compromiso, y nos parece razonable que así fuera, pues aunque el presidente no es hombre de acrimonias ni de estocadas vengativas contra sus adversarios políticos, se necesitaba para ejecutar una política de firmeza contra lo que hemos denominado: acoso a la riqueza nacional. Pero se rompió la rectitud en beneficio de la fementida gobernabilidad, que fue acomodada, no dando una imagen asidera del diálogo, sino de una afeada igualdad en la conducta de los gerentes políticos. Es decir, no ha sido posible ni siquiera diferenciarse por medio de una depuración de los respectivos idearios y programas. Lo del PRD es entendible, pero es bochornoso que el PLD no tratara de corregir estos fallos.
El significado de todas estas palabras aconsejan la búsqueda de formas más radicales de dirección, pero lamentablemente lo esquiva lo manso, el buenismo del Presidente, llegando al extremo de ser insultado y ninguneado por los principales jefes y soldados del PRD sin recibir éstos algún reproche de su parte. Asimismo, gran parte del funcionariado del Estado no fideliza y camina por los senderos de las ambiciones personales, logrando como dosis de impulso que no tienen castigo, y así no se endurece el músculo gubernamental. Nos dice San Agustín que enfadarse es una buena emoción de vez en cuando. Ahora que el presidente Fernández está maduro por la experiencia, esperamos más de él: mayor y rigurosa observación del comportamiento de algunos servidores del Estado que deberían tener la referencia de un mandatario que no se le ha disparado el instinto depredador. ¡Presidente!, cuídese de no cargar con tantos errores, porque el riesgo sistémico es grande, mas cuando usted es el responsable de conformar una alianza de franquicias tan distinta a la de una organización política que tiene acreditada una militancia mucho más coherente y todavía solvente como la suya.
Nadie se atreve a negar que a su personalidad política le han salido tan esplendorosamente bien las cosas gracias a su formidable liderazgo, que los dominicanos nos preciamos de tener uno de los presidentes mejor valorados de la democracia. Y lo ha logrado por su estilo de hacer política que no consiste en destripar al contrario; que es consciente que la democracia es crítica o no es democracia, que es competición, pero aún así, un líder de su dimensión y respetabilidad tiene que dar un puñetazo en su escritorio: ¡Cuidado, van ustedes al despeñadero! ¿O acaso el Mesías, el hijo de Dios, no tuvo que apelar a una fusta para espantar a los mercaderes del templo?
Hoy se abren cauces que crean ineficiencias e introducen obstáculos en el Gobierno, conducta además, que irrita a los ciudadanos que reconocen en el Presidente a un mandatario con tan buenas intenciones y tan sobrado de facultades, pero tan escaso de buenas compañías.
Atentamente,
Manuel A. Fermín

