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  Los mentores culturales

  Los mentores culturales

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Todos los artistas aún sin saberlo, cuentan o sueñan con la presencia de un mentor. Se trata de la figura necesaria de uno que presta oído solidario a nuestra sensibilidad, y comprensión oportuna a los efluvios de nuestro hastío, necedad, genialidad o desequilibrio. Ya que, como algunos sospechan: de talento, miseria, temblor y misterio está compuesto el rayo decidor en que siempre se prefigura –catapulta- la personalidad de un artista.

El mentor cultural puede ser un gestor de conciencias. Un auspiciador de encantamientos. Un proveedor de magias propiciatorias ante lo azaroso-sublime en que a veces deviene lo real-cotidiano, o no, mejor, un auxiliar innominado del genio colectivo, provocador entusiasta, un tanto clandestino, de conmociones secretas.

Su paso preciso es el del ondulante y muy citado río heraclitano, puesto que su aureola de común maravillada, es el optimismo que, revestido de candor ante el prójimo; deshace veleidades y promueve un renacer espiritual constante en el agua a veces renegrida del ser y su inconciencia.

Podríase alegar aquí que no siempre, la figura del mentor cultural no acoge la esencia que pretendemos bajo el concreto entramado de carne y hueso que demarca la circunstancia de lo inhóspito del mundo y la campeante desfachatez que lo enajena.

Que en los países como el nuestro en vía de la conformación acabada de su institucionalidad, tal ángulo es enfocado tomando como perspectiva la plataforma social y política en que basa sus objetivos, uno que otro grupo económico, de preferencia, anónimo en sus escarceos financieros, o irreconocido por las incidencias de sus aportes filantrópicos.

Pero ciertamente, un día descubrimos que las referidas iniciativas de grupos o sectores “interesados”, parten de un sólo y verdadero espíritu de vanguardia.

De una intención humana específica. De una indudable y poderosa vocación de servicio; nacida de un hombre crecido en su voluntad y justificado por su misericordia.

Hay ocasiones en que la proyección y accionar del mentor cultural y su consiguiente resultado, desbordan lo imaginado y esperado por sus ávidos congéneres.

De ahí que al mentor cultural le sucedan el editor, el biógrafo, el publicista, el animador social, el antólogo, el enciclopedista, el líder comunitario, el coordinador literario, el periodista, el asesor artístico, el promotor, el mecenas…

Fernando Savater

Hace poco, el escritor y filósofo español, Fernando Savater (1947), publicó una crónica en el El País, donde da cuenta sobre su real mentor y primer editor, el lúcido sacerdote católico Jesús Aguirre.

Escribe Savater que Jesús Aguirre, director de la entonces pujante Editorial Taurus, era  “un cura con fama de progresista rojo, pero también de atrabiliario, sarcástico, impertinente y poco benévolo ante la torpeza de los principiantes”, pero que sin embargo el trato recibido negó tales afirmaciones, reduciéndolas a meras especulaciones. Fue Jesús Aguirre quien editó el primero de los libros de Savater –escrito de manera enfebrecida, dice él, quince días después de su primer encuentro-, el que le publicó y reeditó “La Infancia Recuperada”, su segundo libro –texto “contra el que algunos consejeros literarios le previnieron como un mero capricho”. Y en efecto, así lo era, confiesa el filósofo.

Fue Aguirre y no otro, el que le aconsejó realizar la ya considerada excelente traducción del rumano al español del silogista –de pretensión nihilista-, E.M. Ciorá, y fue él  quien lo introdujo a la obra del escritor, antropólogo y pensador francés, George Bataille (1897-1962). Asimismo, fue el “cura con fama de progresista rojo” quien se encargó de completar la formación intelectual del autor de “Ética para Amador”, dándole a conocer la obra reveladora de Walter Benjamín(1892-1940), y Jean Starobinski (1920), entre otros…

Henríquez Ureña

Al más grande de los ensayistas dominicanos, don Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), se le reconocen los méritos, no sólo de su obra y trayectoria; pródiga en esclarecimientos y hallazgos, sino también, la proyección de su saber hondo, puesto al servicio y beneficio de una pléyade de ilustres.

No hablemos del privilegio que supone nacer de la simiente de un hogar mentor; donde padre, madre y hermanos, aúnan sus esfuerzos y talentos –materiales y espirituales-, en procura de una sólida formación intelectual.

Pero es obvio que tal suerte facilita el acceso al conocimiento.

El Nacional

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