Lluvias, brisas agradables y un sol radiante, arboledas, la escuela primaria sobre altos pilotillos, donde mi madre, profesora Mercedes María Nina, impartió clases por mas de veinte años, luego en Najayo y San Cristóbal. Los esposos Don Lolo Mejía y Mercedes acogieron en su hogar a la maestra, y allí vivimos un tiempo, hasta que construyó una casa cercana a la escuela y vecina de estas personas buenas, quienes tenian una pulpería donde tomábamos refrescos y dulces. Mamá adoraba a esta gente.
En El Firme, residían Negro Gerónimo, esposa e hijos, a quienes agradezco su trato y gentileza. La bella Lilian, Selenia, Freddy y Manuel, eran hijos de Lolo y Mercedes, y así las hermanas Catalina y Patria, Darío, Gil y Manuel Vica.
Fueron los primeros amiguitos que teníamos con Andrés Zoquiel y José Chalas. Jugábamos con pelotas de trapo y palos de gina y guayaba. Cerca, vivían las familias Chala, Luis Brun, segundo alcalde, Don Agustín Mejía, el músico Quiquito Zoquiel, quien, con Andrés Zoquiel, me enseñó a tocar el acordeón, güira y tambora.
Eran maestros que ponían a vibrar los instrumentos, geniales artistas. Mamá fue también mi profesora, realizado varias veces el tercer curso, que equivalía al sexto o séptimo en la escuela de la ciudad, y cuando ella se enfermaba, yo un niño, ofrecía clases a los alumnos. Al partir a Los Mineros, mamá nos dejó bajo el cuidado amoroso de Consuelo Nina Garrido, junto a Ana Luisa, Teté y Manuel de Jesús, quien luego falleció. Doña Consuelo era toda ternura, aunque exigente con la disciplina y los principios. Su esposo era Bebo Garrido y sus hijos mis queridísimos primos Rafaelito, Luis, Julio, Ana, Gloria y otros, a quienes también agradezco y quiero mucho, no obstante el tiempo y la distancia. En Los Mineros, mamá me enseñó a cocinar, limpiar, fregar, tostar y colar café, planchar, lavar ropa, coser y pegar botones, pues yo hacía el desayuno y a veces el almuerzo.
Recordando a Ofelia Aguavivas Nivar, quien ayudaba a mamá en los quehaceres, pues eran comadres, así a sus hijos e hijas. Había en Los Mineros un árbol grande, cabilma o guayuco, donde se asentaban unas aves negras de pico largo, caos y cuervos, que cantaban y pronunciaban palabras: Maestra tenemos hambre, ay qué frio, frío. Y también: Domingo tráenos café y agua, o Qué maestra tan linda, Ana Luisa y Teté, tenemos hambre, le queremos mucho. Yo les colocaba comida, café y agua al lado del tronco. Domingo, gracias. Recuerdo con cariño a los esposos Billín Núñez y Angélica Ruiz, a sus hijos Esperanza, Minerva, Lourdes, Papito y Olivo, quienes desde San José de Ocoa fueron a vivir a Los Mineros y allí tenían un colmado, y luego retornaron a ese pueblo y fundaron la primera lavandería allí, la San José, en la calle del mismo nombre número 5, que luego visitamos con frecuencia, y Billín fue un padre espiritual y a sus hijos siempre les quiero y recuerdo con afecto inextinguible.
Desde Los Mineros íbamos a Ocoa en recuas de mulos a vender sacos de café con Fredy, Vica y Geronimo, y teníamos que pasar al caudaloso río Nizao.

