Como dice en su lírica la salsa que hiciera famosa el extinto cantante Héctor Lavoe: “La calle es una selva de cemento, y de fieras salvajes cómo no; ya no hay quien salga loco de contento, dondequiera te espera lo peor…”
Desde mi perspectiva, las letras de esa canción se adecúan perfectamente al bochornoso caso de José Monegro, que junto a sus seres queridos estuvieron al borde de ser asesinados por minotauros en San Cristóbal.
Conozco a esa familia. En enero del 2019 durante la visita del papa Francisco a Panamá, me encontré a José P. Monegro, quien era de los miles de peregrinos que asistieron al encuentro católico mundial.
El 21 de enero de ese año, mientras se oficiaba la misa en honor a la virgen de la Altagracia en la iglesia Las Piedras del sector de Río Abajo de Ciudad Panamá, en donde la diáspora dominicana acude en masa a venerar a la que se considera madre protectora y espiritual del pueblo dominicano, la familia Monegro era parte de la feligresía, y José se deleitaba tomando fotos de la eucaristía que se hizo a ritmo de bachata.
Luego me reuní con los Monegro en la embajada dominicana en Panamá. Por sus profundos manejos de los gadgets y widgets inmediatamente me di cuenta que madre, padre e hijo son geek o tecnológicos.
Es por esto que me los imaginé en Nigua disfrutando de la vida y el paisaje, tomándose selfies con un iphone 12, y subiendo videos a las redes sociales desde una laptop con disco duro SSD de 2 TB, resultando premonitorio que aparecerían estos indeseables y desaprensivos cacos, que de seguro los vigilaban, pasando a ser presa fácil de la vil delincuencia que nos golpea, y que puso en peligro la vida de Los Monegro.
Por suerte no ocurrió desgracia alguna y el diácono y su familia pudieron salir vivos de ese percance. Como bien dice Monegro en su cuenta de Twitter, “…lo material es secundario…”.
Por: Elvis Valoy
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