Semana

Los seis  poemas de Díaz Goris

Los seis  poemas de Díaz Goris

CICLO

Los monstruos entran

Y salen del espejo:

La mujer-anaconda,

La pìtón-niña,

La arpía-violín.

Suelta la noche su ancha Cabellera de escorpiones.

Los aullidos de las rosas,

Decapitadas,

Llenan todo el ambiente.

Medusa toca la cítara

Con sus pezones ardientes.

El plano abismo del espejo

Degüella la noche

Con un rayo de luna muerta.

Los monstruos se han ido:

Ha llegado

El amanecer.

 

EL OJO Y LA ESPADA

 

El ojo azul,

Ultimo vestigio

De su desconocido dueño,

Se enamoró de la rubia espada,

Que las malas lenguas decían

Había sido de un patricio.

El ojo murió:

La enamorada espada,

Lo había degollado.

 

PACTO

 

Una paloma muerta

Era el vaso del cual

Bebía tu angustia.

Mis manos estaban

Iluminadas por tu sangre.

El vino degollado

Mojaba mi piel.

La embriaguez del suicidio

Ascendía por mis venas,

Mientras mi corazón sentía

A mi cuerpo latir.

Un orgasmo lánguido, céreo,

Escupía sombras desde mi hombría.

La cabeza de alguien

(¿La mía tal vez?)

Rodaba sobre el atardecer.

A través del espejo

Hacía el amor con tu recuerdo,

Mientras la saliva de un martes por la tarde,

Se convertía en el ataúd,

Que pronto íbamos a habitar.

ENCUENTRO

 

Nos desnudamos

 Mi muerte y yo.

Ella sonríe, coqueta,

Y yo tiemblo de terror y excitación.

Me acuesto sobre ella,

Siento sus huesos

Clavar mis carnes;

Ella me abraza:

Huele a miedo,

A olvido, a ausencia.

Veo mi vida desfilar

Por sus cuencas vacías;

Ella me aprieta,

Me muerde,

Siento su aliento como si viniese del Más  Allá,

Tengo un orgasmo,

Muero…

Y luego despierto.

 

REGRESO

 

He vuelto,

Rodeado de lagartos

Y con salamandras en el alma,

Con asfódelos en los ojos

Y tórtolas en las manos,

Con una mujer desnuda

Colgando en mi aliento,

Y el sabor de su nombre

Humedeciendo mis labios;

Con el color de una mentira

Colgado de mi pasado,

Con la cifra de mi muerte

Tatuada en el corazón.

 

DETALLES

 

La tumba, doble,

Pintada de azul violento,

Relucía.

Un paraguas multicolor

Le daba sempiterna sombra.

Esa tumba

Era el centro del cementerio.

Una música suave,

Armoniosa,

Como de violín o espada,

Surgía de su interior.

Asombrado,

Me detuve a escuchar.

Se oía un roce,

Como de hueso contra hueso.

Un rayo de entendimiento

Me llegó como del cielo:

Los habitantes del osario

Hacían el amor.

El Nacional

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