El congestionamiento del tránsito es un mal inherente a la mayoría de las zonas urbanas en todo el globo terráqueo. En este siglo, el siglo veintiuno, ninguna ciudad escapa al caos vehicular que ocasiona pérdidas multimillonarias en combustible y contamina el ya asfixiante ambiente metropolitano.
Es por esta realidad que hay que reconocer la visión de futuro del expresidente Leonel Fernández, pues el conjunto de obras de infraestructuras que se construyeron durante su administración, las cuales han servido de soluciones a este problema que sumerge al mundo capitaleño en un pandemonio.
Claro está, un porcentaje elevado de nuestros problemas de taponamiento en el tránsito se deben a la imprudencia, la falta de sentido común, la irresponsabilidad y la temeridad con que la mayoría de las personas conducen sus vehículos, sumado a esto, el fracaso del transporte público, que obligó a gran parte de la ciudadanía a adquirir su propio vehículo .
Los tapones los padece la humanidad en casi todas las grandes capitales. Si vamos a Estados Unidos, allí, a esa anarquía en las calles, capaz de paralizar el dinamismo económico de una ciudad, le llaman traffic jam; en París le apodan le bouchon y en San José de Costa Rica le dicen presa. Este incordio sobre ruedas, que nos llena de estrés y nos exaspera al manejar, se le conoce en la ciudad suramericana de Bogotá como trancón, y en San Salvador tiene el mote de trabazón. En Ciudad Panamá le denominan tranque y en Santiago de Chile taco. En Montevideo embotellamiento, en Caracas cola y en Guatemala tráfico.
Para definir los tapones, diríamos sin remilgos que son un cáncer entronizado en áreas urbanas, y que hay que apoyar toda iniciativa que persiga reducirlos a su mínima expresión.

