Hay escuelas de pensamiento que sólo se atreven a ver sumas y restas en todo lo que les va y les viene de la vida. Lo que no es útil a ese esquema perverso no sirve para nada.
La gente tiende a ser una cifra, una masa, un factor de mercado, una conciencia consumista. Lo que cae fuera de ahí no es más que esquirla inútil. De ahí un tipo de industrialización utilitaria que ha llegado a lo indecible: poner a comer basura a la gente a condición de agregarle algo de dulce o de sal y envolverlo en un color llamativo en medio de estrategias publicitarias incontestables.
Y mientras ¿qué cosas nos han transformado y alterado de forma sutil o rompiente y brusca desde aquellos días seguros en que la Naturaleza y no las fórmulas industriales destinadas a la pura ganancia, invadieran el mundo?
En primer lugar y sin mediación alguna, se encargaron de transformar la pequeña granja familiar con sus gallos imponentes de horario cantado y sus gallinas recelosas y altivas, en granjas de gringos de consumo masivo bajo iluminación perenne para que no cesen de comer y de engordar en ningún momento.
(Para ganar más tiempo, porque para la ganancia siempre hay demasiada prisa, se experimenta con pollos sin plumas que crecen por horas).
Aquí, por mucho tiempo, será más fácil introducir cualquier negocio por siniestro que fuere, siempre que haya cierto incentivo de por medio.
El siguiente ataque sobrevino contra el cerdo criollo, en segundo plano, pero no menos importante.
Se inventaron una bien diseñada fiebre porcina africana que probablemente no se conoce ni en África, para eliminar la alcancía del pobre, el cerdo doméstico que servía para resolver las urgencias inesperadas en el hogar.
De esa medida de sacrificio que no midió sus consecuencias inmediatas, se aprovecharon fundamentalmente los guardias que, manu militari, se posesionaron del triste puerco casero o se lo vendieron a las freidurías.
Aquello, por vía del desprecio a los procedimientos humanos, produjo nuevos millonarios y el campesino mantuvo su mudez centenaria.
No tiene dolientes ni oídos consecuentes en los vertiginosos procesos urbanos.
Veremos más manipulaciones en el porvenir difíciles de contener, salvo que la conciencia colectiva decida otra cosa.
El costo en salud de aquello es como el de los medicamentos y la guerra, (que es otra enfermedad): no más que efecto secundario.
De un modo que debiera merecer algún cuestionamiento a alguna autoridad se han hecho cambios genéticos en el aguacate, en los limones (ahora tan caros como si los sacaran del fondo del mar) los tomates.
En esa línea de agrandamiento y mejora se nota el cambio, los mangos ahora son gigantescos, más caros y sustancialmente desabridos.
Ahora, bajo la abrumadora fuerza de los recursos de la empresa más grotescamente grande llamada Monsanto, productora mundial de semillas, se intenta introducir (sólo hay que mojar algunas manos siempre dispuestas a negociar) los llamados transgénicos.
Se trata de imponer productos manipulados genéticamente para que rindan una calidad y unos efectos que respondan a la prisa de la ganancia.
La Naturaleza cela sus procesos gobernados por leyes difíciles de sustituir.
Cuando se intenta una que otra aberración ella se resiente y responde, siempre a su manera.
De ahí que alguien deba perder y no van a ser aquellos que tienen la sartén por el mango, las semillas y las gónadas de introducir, como si de enemas saludables se tratara, productos cuya mayor virtud consiste en mostrarse sospechosamente sanos, invulnerables a los insectos y otras criaturas que los tienen por alimento, a lo que tienen derecho.
