PORT BOU, España, 23 Jul 2012 (AFP) – «Los he visto bajar, era un grupo de tres personas, fueron hacia la dirección equivocada y los vi saltar», testimonia este lunes con la angustia aún en su voz Xavier Mallol, 26 años, cerca de la playa de Port-Bou, donde la víspera se declaró un devastador incendio.
El domingo, tres franceses abandonaron su vehículo y buscaron huir de las llamas que acosaban el empinado acantilado sobre el que pasa la sinuosa carretera que une a España con Francia.
«En lugar de volver hacia el pueblo, bajaron hacia la izquierda, hacia la costa, y se encontraron entrampados en ese promontorio», señala este ingeniero informático desde la costa: «eran tres, el padre saltó el primero, después lo siguió una mujer».
El hombre murió enseguida. Su hija de 15 años fue rescatada minutos después. Se ignoraba este lunes la suerte de su madre. Los otros dos hijos de la familia, un varón y una chica, se encuentran ilesos.
«Desde aquí hay que proyectarse un metro para alcanzar el mar, no lo hicieron suficientemente lejos, chocaron contra la roca», relata José-Luis Salas-Mallol, el alcalde de Port-Bou.
«Es una situación muy difícil», resopla el alcalde, que destaca la solidaridad mostrada por sus conciudadanos.
Porque fueron numerosos los que huyeron de las llamas el domingo por la tarde, cuando se encontraban encerrados en una carretera rodeada de cactus y vegetación en su trayecto que une Port-Bou, en España, con Cerbère, en Francia y hacia la cual fueron desviados los automovilistas bloqueados entre Le Perthus (Pyrénées-Orientales, Francia) y La Junquera, en Cataluña en el lado español.
Con la saturación del tráfico, la ruta turística y su paisaje de postal se transformaron en una trampa infernal. Se formó un atasco «y suponemos que alguno arrojó una colilla de cigarrillo por la ventana de su coche», explica el alcalde.
El fuego se declaró hacia las 19H00, avivado por la tramontana, y no hay nadie para apagarlo: los bomberos están atacando el frente de La Junquera.
Es cuando empiezan las horas de pánico general. Las llamas crecen y avanzan en dirección hacia Francia. Encerrados, los automovilistas abandonan sus coches y un centenar de personas se lanza por la ladera, hacia el mar.
En pequeños grupos, mientras el humo forma una espesa bruma que cubre el Mediterráneo y las llamas ganan terreno, recorren cien metros de pendiente, entre cactus y vegetación, bajo la mirada aterrada de centenares de personas agrupadas en la playa, ante un frente de llamas gigantescas.
Abajo, los habitantes se organizan. Algunos van a buscar a los náufragos de la ruta en el empinado camino costero, otros suben a sus barcas para rescatar a quienes tienen dificultades en el mar, rasguñados y heridos durante su descenso infernal.
Eugène Mascort, 63 años, recuerda «a esa niñita de ocho años que no podía caminar, alguien la llevó al agua y la subió a una embarcación, como un hombre de más de 90 años que intentaba caminar solo, pero no podía más»…
En la playa y en las calles, los españoles reúnen vestimentas, alimentos y mantas. Unas 20 personas fueron alojadas en una sala comunal del pueblo, otras dormirán en sus coches o en los hogares que les abrieron sus puertas.
Al despertarse, si es que pudieron dormir, los naúfragos de la ruta desertaron Port-Bou, que volvió a la normalidad. Solo los rostros graves y el acantilado negro recubierto de cactus calcinados frente a los restaurantes recuerdan las escenas de la víspera.
El drama estaba en todas las conversaciones de este lunes por la mañana, en la marina del pueblo fronterizo de algo más de mil habitantes.

