La historia de los últimos 40 años de Brasil –uno de los países más grandes del mundo- no podrá escribirse sin el nombre de Inacio Lula da Silva, de origen humilde, obrero metalúrgico que dirigió durante años uno de los sindicatos más poderosos de su país del cual fue presidente, encabezando jornadas de luchas gremiales y revolucionarias durante los regímenes militares que azotaron el coloso suramericano.
Lula, fundador y líder del Partido de los Trabajadores, al igual que otros dirigentes políticos latinoamericanos surgidos de las entrañas del pueblo, intentó en tres ocasiones la presidencia de la República, hasta lograrlo en el 2002 y tomar posesión el primero de enero del 2003, recibiendo una nación con grandes problemas económicos, políticos y sociales, fruto de la inequidad y la desigualdad.
Con su llegada al poder el país comenzó a transformarse con medidas democráticas inclusivas y otras radicales, pero sin extremismos, que dinamizaron la economía triplicando el Producto Interno Bruto per cápita y sacando de la pobreza a más de 30 millones de sus compatriotas, según cifras de organismos internacionales como el Banco Mundial. ¡Y convirtiendo el país en uno de los más importantes del mundo, no por su grandeza geográfica, sino por su poder político y económico!
Brasil parecía que saldría del subdesarrollo y el atraso en el que ha vivido durante todas su historia de la manos de un hombre sin linaje ni abolengo. Gracias a su buena gestión logró la repostulación.
Concluyó sus años con tantos éxitos que la jefa de su gabinete, Dilma Rousseff continuó en el poder. Ella prosiguió el trabajo de Lula imprimiéndole niveles de transparencia y honestidad como nunca antes en la historia. Combatió la corrupción cancelando y sometiendo a la justicia a muchos ministros y dirigentes del Partido de los Trabajadores que la llevó al gobierno.
Un golpe de Estado “constitucional y mediático“, la sacó del poder. En su lugar colocaron a los corruptos derechistas que la mandataria había combatido y denunciado, en un hecho sin precedentes. Una mujer valiente y honesta, con grandes méritos acumulados, elegida democráticamente por el pueblo, terminó en su casa.
No fue sometida a la justicia, porque no era corrupta ni asesina. En su lugar colocaron al títere de Michel Temer, comprobado corrupto, que hoy tiene menos de un 5% de aceptación popular. (El más bajo de todo el continente).
Nadie puede negar que muchos dirigentes importantes del PT y funcionarios se corrompieron. Pero fue Dilma Rousseff quien los encarceló asumiendo todas las consecuencias. Nadie más lo hizo.

