Opinión

Mal del Estado

Mal del Estado

Una vez alguien me envió un correo con esta frase: “los gobiernos dan a los seres humanos un derecho…”, al segundo de leer eso sentí lo que puedo describir como un corrientazo. Y entiendo que quizás, en la forma que lamentablemente han evolucionado la democracia y el sistema desde las revoluciones estadounidense y francesa, es natural que muchos lo vean así. La realidad es que los gobiernos y ni siquiera los Estados dan ni pueden dar derechos, y para lo que sirven es para quitarlos.

Como el gran Thomas Jefferson escribiera: “Todos los hombres… reciben del Creador ciertos derechos inalienables, entre estos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. El hablaba de derechos inalienables dados por el Creador, yo los veo como derechos inherentes a la condición de ser humano. No nacen de una Declaración Universal, y muchísimo menos de un gobierno, son derechos que siempre han estado, que por caprichos de Estados y Gobiernos, muchas veces fueron y son pisoteados.

En su nivel más fundamental, la autoridad de un Estado se afinca en la amenaza del uso de la fuerza. Para ilustrar, imagine que usted habla por el celular, un AMET le ordena detenerse, usted se niega, el AMET se pone delante del vehículo, usted se detiene, el le impone una multa, y nunca la paga. A los pocos meses intenta irse de viaje, y hay un impedimento de salida por la multa. Usted se niega a pagar y se apresta a subir a su avión, la policía en el aeropuerto le ordena detenerse y usted sigue abordando su avión, para detenerlo y forzarlo a pagar.  Entonces terminan tomándole por la fuerza o matándole. Y esto es aplicable para todo ejercicio de autoridad por parte del Estado.   

Admito que es indiscutible la inevitable existencia del Estado dada la necesidad fundamental de preservar el respeto mutuo entre individuos a sus respectivos derechos y libertades. Para ello fue que estos se crearon, para garantizar los derechos ciudadanos limitando la capacidad de que unos afecten a otros.

En esencia un Estado tiene una función restrictiva sobre las libertades, y  lo único que puede o sabe hacer es reducirlas. Desde declarar la obligatoriedad de un registro hasta establecer un impuesto, todo acto del Estado afecta libertades individuales, y  el tamaño de éste será inversamente proporcional a la capacidad de autodeterminación de sus ciudadanos.

Mi aspiración con este escrito es quizás tocar un nervio de aquellos que adoran al Estado gigante, que no paran de parlotear sobre “los bienes del Estado” (que no pueden ser confundidos con bienes de “el pueblo”), y que les encanta la idea de que la gente viva mendigando las migajas del “gobierno”. Mientras más crezca y más dependamos del Estado necesariamente tendremos menos derechos y más incapaces de auto-desarrollarnos; recuerden que no hay limosna en el mundo que valga nuestra libertad. Nunca estará de más recordar la razón por la cual la civilización cambió; la Revolución estadounidense y la francesa, recordemos, fueron precisamente en contra de Estados que crecieron tanto hasta que aplastaron las libertades de los individuos. Mientras más pasa el tiempo más parece que hemos completado el círculo, y hoy, 200 años luego, es una pena.

El Nacional

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