El tipo de democracia que la sociedad dominicana trata de consolidar, basada en la separación de los poderes, se sustenta en los partidos políticos que a su vez promueven el fortalecimiento de las instituciones públicas, así como a la Constitución de la República, que tutela la convivencia y la gobernanza.
No sería posible ampliar o fortalecer el espacio democrático si las instituciones partidarias no aplican o promueven para sí mismos los valores de ese sistema que encarna el poder político en la voluntad de los ciudadanos.
Los sucesivos percances que ha sufrido la democracia dominicana después del ajusticiamiento del sátrapa tienen sus orígenes en crisis de los partidos del sistema, afectados la mayoría de las veces por el caudillismo, grupismo o desmedidas ambiciones de su liderazgo.
Partidos octogenarios que emergieron en el comienzo de los tiempos de lucha en el continente contra la tiranía dilapidaron su enorme torrente de liderazgo e influencia en inexplicables confrontaciones internas, huérfanas de ideologías o de principios que lo redujeron casi a la nada.
Otras instituciones partidarias accedieron al Poder bajo manto imperial y gobernaron por más de dos decenios, antes de que los causahabientes dilapidaran la herencia política, como niños que destruyen el juguete.
El partido en el Poder tuvo un nacimiento de cesaría, extraído del vientre de otra organización sobre la cual su creador había sentenciado que cumplió su misión histórica, aunque después arribó tres veces a la poltrona del Palacio Nacional.
A los líderes y dirigentes de esa organización partidaria se les atribuía gran habilidad en el manejo y resolución de conflictos internos, como vía expedita para alcanzar la cima y mantenerse al mando de la cosa pública por tres periódicos consecutivos.
La fatídica maldición histórica que recae sobre los partidos políticos dominicanos parece hoy afectar muy severamente al gobernante Partido de la Liberación Dominicana, que mañana, durante la sesión de su Comité Central, podría acelerar su inexplicable marcha hacia el despeñadero. Ojalá que no se lleve consigo a la democracia.

