La realidad política, social y económica del mundo parece cambiar o transformarse muy rápidamente aguijoneada por intensa manipulación y mercadeo de la información en laboratorios de altas tecnologías que sirven a intereses de gobiernos, corporaciones, instituciones o franquicias que promueven alienación, degradación cultural, religiosa y masificación de hábitos o de consumo.
En el pasado reciente, grandes potencias o bloques hegemónicos poseían sus propias agencias internacionales de prensa encargadas de promover un tipo de información que reflejara, promoviera o sirviera de escudo a sus intereses imperiales.
La guerra de Vietnam, la Primavera de París o la invasión rusa a Checoslovaquia fueron contadas de manera muy diferente en los cables que difundían servicios de prensa desde Washington, Moscú o Pekín, para lo cual se manipulaban imágenes, datos o resultados, conforme a los propósitos de cada eje.
Con las redes sociales, el mundo puso fin a una era de manipulación basada en el principio del ministro nazi Joseph Goebbels, de que una mentira repetida mil veces se transforma en verdad, o en la novela de George Orwell, de una sociedad dominada por un sistema de “colectivismo burocrático”, controlado por un entramado tecnológico que funge como “Ministerio del Pensamiento”.
Twitter, Facebook, Instagram se convierten hoy en infinitos pasadizos de los gigantescos laboratorios de manipulación de la conducta humana, donde se reeditan los postulados de Goebbels de que una mentira puede convertirse en verdad o la ficción del novelista inglés de que “el hermano mayor te vigila”.
No se niega que las redes sociales fungen como canales o fuentes para la transmisión del conocimiento, la divulgación o interacción de culturas, así como de promoción de la ciencia y la tecnología, pero debe admitirse que también sirve para crear o instalar realidades difusas a imagen de intereses.
La realidad objetiva o la veracidad plena de los sucesos o acontecimientos que signan el mundo de hoy está vedada al ciudadano ordinario, obligado a desconfiar de su propio entorno porque teme vivir en una realidad artificial, controlada por máquinas que imponen una dictadura informática, como en la película Matrix, donde la gente vive una falsa realidad elaborada en laboratorios.
República Dominicana está compelida a diagnosticar su realidad con indicadores ciertos o fidedignos, que permitan abordar y conjurar las urgencias nacionales, porque sería una gran tragedia que Gobierno, oposición política o intereses corporativos instalen u operen aquí laboratorios de manipulación o factoría de mentiras.

