Siempre me he opuesto a la reelección presidencial, por la sencilla razón de que las instituciones dominicanas son muy débiles y no hay forma de controlar los excesivos poderes de un jefe de Estado que opta por otro período gubernamental, creando un escenario de desigualdad electoral respecto a las demás alternativas políticas.
Mis artículos periodísticos corroboran la coherencia exhibida en ese tenor. Objeté la reforma constitucional del 2002, la cual tenía el propósito exclusivo de permitir la repostulación del ingeniero Hipólito Mejía, pero finalmente, el único beneficiario fue el doctor Leonel Fernández.
Con el presidente Fernández, guardo amistad desde los tiempos de la docencia universitaria, pero cuando decidió buscar un nuevo período presidencial por el Partido de la Liberación Dominicana, mis opiniones favorecieron al licenciado Danilo Medina, porque me inclino por la alternabilidad en el poder.
Los dominicanos estrenamos una Carta Sustantiva, pero en la misma, el tema referente a la reelección presidencial, se presta a interpretaciones, conforme a las múltiples versiones que ofrecen juristas dominicanos, incluyendo a algunos que son especialistas en asuntos constitucionales.
Es un tema que está sobre el tapete y debía de dilucidarse en su justa dimensión.
Lamento que haya entidades empresariales y personalidades eclesiásticas que condenen esta discusión, bajo el alegato de que es muy extemporáneo y que la población está cansada de política.
La población dominicana no se cansa de pelota ni de política, culturalmente, son sus temas preferidos. Abogo por la continuidad de la discusión, por el fortalecimiento de las instituciones y la creación de un equitativo marco electoral regulatorio, que bien podría obtenerse con la aprobación de la Ley de Partidos.

